Y volvió de nuevo el torrente de pensamientos. Otra vez vino él a hacer una visita. Se repetía una y otra vez su rostro en la imagen de la conciencia, y ella gemía para sus adentros, cada vez con más lástima. Llevaba toda la mañana intentando apartarlo, despegarlo, evitarlo. Pero intentaba evitar lo que inevitablemente es inevitable.
Y quería decírselo todo. Quería enfrentarse a él de nuevo, como la noche anterior, gritarle y chillarle que no quería quedarse sin él. Que iba a doler mucho, que no podría soportarlo. Había incluso llegado a protegerlo, dentro en su mundo interior. Se quedaba por la noche, dormida, esperando sus respuestas. Se sonrojaba cuando la llamaba de aquella forma... Y nadie, ni siquiera aquel monstruo de ojos azules, podría acabar con eso.
Quería llegar, y explicarle...
miércoles, 22 de enero de 2014
domingo, 19 de enero de 2014
#10
No es lo mismo ver la vida a través de una ventana cerrada que a través de una ventana abierta. Yo veo mi vida muy sucia, borrosa, así que me esmero en limpiar el cristal todos los días para ver con claridad lo que hay fuera. Porque, sí, mi ventana está cerrada. Con llave. La tuya está abierta. Tú no tienes que preocuparte de limpiarla, qué facilidad; vives bien, nena. Aprovecha y escucha a los pájaros cantar, los niños jugar y a las parejas amarse, con toda claridad. Yo me conformaré con el silencio...
(Escrito en el año 2008)
(Escrito en el año 2008)
viernes, 10 de enero de 2014
Los dos robles
Me encanta ir a pasear al campo. El aroma dulce de las flores, la euforia del Sol al no ser preso de la oscura ciudad, el suave y mullido césped que espera a que te tumbes encima para acariciarte suavemente. Esta historia es digna de escribirla en un diario:
Un día, como otro cualquiera, voy a salir al campo. Un amigo me recomendó internarme en el bosque, pues me dijo que si andas mucho en dirección sureste, encuentras un prado precioso. Con ayuda de mi mejor brújula ¡lo encontré! Miles de amapolas danzaban al son de la música del aire.
Hectáreas y hectáreas de césped suave y mullido me esperaban esa tarde. Me tumbé, y deseé no irme nunca jamás de aquel bello lugar; me dormí. Cuando desperté, el atardecer llamaba a las puertas del cielo. Me incorporé somnoliento, y le suspiré a las amapolas.
Aquel prado fue mi primer amor.
En el momento en el que me levanté, reparé en un detalle que se me había pasado totalmente por alto: justo en el centro de la llanura había dos árboles. Uno de ellos, el más pequeño, parecía triste y mustio; al contrario que el otro, el más grande, que parecía un roble: feliz y fuerte. A excepción del follaje que había detrás de mí, no había más árboles ni a cinco kilómetros a la redonda. Caminé rápidamente hacia el primer árbol. No parecía enfermo: estaba enfermo; tenía totalmente caídas las ramas, casi sujetas por un hilo, y las hojas de un marrón muy oscuro, que no concordaban con el resto del paisaje. Me quedé acariciándolo un rato, casi sentía su tristeza y su amargura dentro de mi alma. Pensé, aunque fuera muy improbable, que le faltaba agua, así que le eché la que quedaba en mi botella. Después de haberle hecho compañía durante un rato largo, me apresuré hacia el otro árbol, aunque el primero no me lo puso nada fácil. Parecía que se volvía más mustio todavía a cada paso que yo daba hacia el roble, pero intenté no hacer caso: serían imaginaciones mías. Cuando llegué, me impresioné: no me lo imaginaba tan frondoso y joven. Me hizo sonreír, y me subí a él. ¡Qué bonito se veía todo el bosque desde aquella altura! Dejé que el viento acariciara mi corazón, que latía deprisa, un buen rato. Luego, me bajé con mucho cuidado, y volví a la oscura y tenebrosa ciudad, llena de gente que sólo tiene una cosa en mente: trabajar.
Mañana volvería.
Segundo día por la tarde.
Agarré mi brújula y me dirigí a aquel paisaje fantástico. Parecía que me estaba esperando, que había estado toda la noche en vela, intranquilo, para verme esta tarde. Complací sus deseos, volviéndome a tumbar bajo la verde y espesa hierba, volviéndome a echar la siesta en aquel lugar. Desperté, de nuevo, con el suave aliento del atardecer. Me levanté, y felizmente posé mi mirada en el primer árbol. Cuán grande fue mi sorpresa cuando descubrí que ¡se había movido! Sí, sí. ¡Se había desplazado por lo menos diez metros más cerca del otro árbol! Aunque seguían estando ambos muy separados, la diferencia era notable. Durante unos segundos, me quedé paralizado. Me froté los ojos, como hacen en los dibujos animados, y volví a mirar. Parece ser que los árboles se pueden desplazar... ¡Qué gran avance para la ciencia! Después de aquellos segundos eternos, la consciencia vino a mí de nuevo. Corrí como un loco hacia el árbol que se había desplazado; parecía otro. Aunque no había perdido el mal color de sus hojas, ni todas aquellas ramas enfermas, estaba erguido, casi parecía que quería hacerse el fuerte. En ese momento, empecé a admirarlo. Acaricié sus débiles ramas, con sumo cuidado, y derramé inconscientemente en sus raíces un poco de agua. Le eché una mirada al otro árbol, pero no fui con él. Me quedé bajo la poca sombra que daba mi enfermizo amigo, leyendo Drácula, de Bram Stoker, sintiendo la brisa calmar mi corazón. Cuando terminé el interminable capítulo, recogí mi mochila, y sintiendo el mismo pesar que el día anterior, me fui hacia la ciudad.
Tercer día.
Tomé mi brújula de la suerte y corrí hacia ese lugar mágico. La sorpresa volvió a inundar mi alma con su veneno, ¡ahora era el otro árbol el que había acortado distancias! A sí que después de todo, aquello no era un sueño, era real. Me dejé caer sobre el césped, con la boca abierta y los ojos pendientes de aquellos misteriosos árboles. Me acerqué a mi amigo enfermo, que todas las fuerzas que le quedaban las estaba usado, perspicazmente, en erguirse y parecer más alto y bello. Lo abracé, deseando que parara de hacer eso. De algún modo sabía que si seguía gastando esas fuerzas, acabaría... No puedo decirlo, es demasiado cruel. Me acerqué al otro, que parecía interesarse en mi pequeño árbol, pues tomó ese día una postura interesante; casi todas las ramas apuntaban suavemente hacia él. Me encogí de hombros, y no se me ocurrió otra cosa que leer bajo la sombra de aquel roble gigantesco, mi libro. Se me hizo en seguida de noche, así que recogí mis cosas y me fui, ansioso por ver el cambio que presuntamente se produciría al día siguiente.
Cuarto día por la tarde.
Ya ni si quiera me preocupó la brújula, me sabía el camino de memoria. Cada seta, cada arbusto, cada nudo de cada árbol del bosque lo tenía escrito en mi mente. Precisamente, aquel día fue cuando mis arbolitos sufrieron más cambios. Ambos estaban muy, muy juntos. Durante toda la noche de mi ausencia, mi enfermo amigo se había convertido en otro roble gigantesco. Yo miraba a ambos. Miraba sus anchas raíces, ¿cómo habría podido transportarlas? Miraba también la extensa sombra que daban, parecían esperar a que me sentara tranquilamente y leyera para ellos. Por suerte, me llevé un libro de poemas de Federico García Lorca, el álbum de la Juventud. Me senté, de cerca el primer roble parecía que seguía enfermo, pero muy por dentro, en el alma. Alguien le estaba curando las heridas. Les leí diecinueve poemas, y se entristecieron mucho cuando me fui, o eso sentía yo. En esos momentos ya me preguntaba si no me estaba volviendo loco, sabiendo lo que sentían un par de árboles. Yo era un joven sombrío y solitario, así que pensaba que no tenía nada que perder. No puedo negar que todo aquello era muy extraño, pero ¿a quién le estábamos haciendo daño? A nadie, pues entonces era sano.
Quinto día
Mis dos queridos robles estaban más juntos y verdes que nunca. Aunque mi amigo número uno seguía teniendo esas heridas en el corazón, sus hojas estaban tan suaves como las mejillas de un bebé, y su corteza marrón muy oscura, y fuerte. Sus ramas eran tan sólidas que podría haberme subido sin problemas (aunque no lo hice; pensé en mi familia), que además acariciaban suavemente las del otro árbol. Suspiré, feliz: como escribí antes, ese prado fue mi primer amor, yo amaba a ese prado, y él me amaba a mí... Pero aquellos árboles también se amaban entre ellos. Me senté entre ambos y les conté varios cuentos populares así como leyendas urbanas y fábulas. Les encantaron, como siempre. Les pregunté si se amaban, las hojas acariciando mi pelo confirmaron mis sospechas. Estuvimos hablando un buen rato, tranquilamente, sin prisas. Hubo un momento en el que saqué mi cámara de fotos digital y les pedí que posaran para una foto. Pusieron su mejor perfil, se abrazaron, sonrieron. La suave brisa de siempre hacía de ese momento el más dulce de los pasteles artesanos. Se hizo de noche, y yo prometí volver mañana, como cada día.
Sexto día.
Esa noche llovió, así que estaba más que nunca ansioso por llegar con mis amados amigos. Corría tan deprisa que, en varias ocasiones, casi me caía, pero me daba igual. Llegué a mi prado. Lloré con ganas. Con muchas ganas. Estaba todo precioso: el rocío de las flores empapaba la fría y fresca hierba, y los dos árboles lloraban gotas de agua cristalina de placer. Aquello no se podía fotografiar, pues deberían ser millones y millones de fotos para captar absolutamente todos los detalles que nos ofrecía aquel cuadro, que ni el mejor pintor podría asemejar al menos su belleza. Caí al suelo de rodillas, a la par que lágrimas de mis ojos. Di gracias a quien quiera que estuviese allí arriba por haberme dado la oportunidad de ver tanta belleza en tan pocos días, belleza que fundió totalmente la gruesa barrera de hielo que cubría mi mente... Y mi corazón.
Yo seguí viendo a mis amigos, mis amores, todos los días al prado, hasta que la conocí a ella. Le enseñé aquel mágico lugar, también ella se enamoró, y los árboles no tardaron en corresponderle. Ahora vivimos todos enamorados, yo casado, y escribo esta historia verdadera, que cambió mi vida, mi forma de ser, para que, cuando nuestros dos hijos tengan una edad madura, contarles lo que había unido la vida de mi mujer, y la mía.
(Escrito en el 2010. Ganador de un segundo premio en un concurso literario.)
Un día, como otro cualquiera, voy a salir al campo. Un amigo me recomendó internarme en el bosque, pues me dijo que si andas mucho en dirección sureste, encuentras un prado precioso. Con ayuda de mi mejor brújula ¡lo encontré! Miles de amapolas danzaban al son de la música del aire.
Hectáreas y hectáreas de césped suave y mullido me esperaban esa tarde. Me tumbé, y deseé no irme nunca jamás de aquel bello lugar; me dormí. Cuando desperté, el atardecer llamaba a las puertas del cielo. Me incorporé somnoliento, y le suspiré a las amapolas.
Aquel prado fue mi primer amor.
En el momento en el que me levanté, reparé en un detalle que se me había pasado totalmente por alto: justo en el centro de la llanura había dos árboles. Uno de ellos, el más pequeño, parecía triste y mustio; al contrario que el otro, el más grande, que parecía un roble: feliz y fuerte. A excepción del follaje que había detrás de mí, no había más árboles ni a cinco kilómetros a la redonda. Caminé rápidamente hacia el primer árbol. No parecía enfermo: estaba enfermo; tenía totalmente caídas las ramas, casi sujetas por un hilo, y las hojas de un marrón muy oscuro, que no concordaban con el resto del paisaje. Me quedé acariciándolo un rato, casi sentía su tristeza y su amargura dentro de mi alma. Pensé, aunque fuera muy improbable, que le faltaba agua, así que le eché la que quedaba en mi botella. Después de haberle hecho compañía durante un rato largo, me apresuré hacia el otro árbol, aunque el primero no me lo puso nada fácil. Parecía que se volvía más mustio todavía a cada paso que yo daba hacia el roble, pero intenté no hacer caso: serían imaginaciones mías. Cuando llegué, me impresioné: no me lo imaginaba tan frondoso y joven. Me hizo sonreír, y me subí a él. ¡Qué bonito se veía todo el bosque desde aquella altura! Dejé que el viento acariciara mi corazón, que latía deprisa, un buen rato. Luego, me bajé con mucho cuidado, y volví a la oscura y tenebrosa ciudad, llena de gente que sólo tiene una cosa en mente: trabajar.
Mañana volvería.
Segundo día por la tarde.
Agarré mi brújula y me dirigí a aquel paisaje fantástico. Parecía que me estaba esperando, que había estado toda la noche en vela, intranquilo, para verme esta tarde. Complací sus deseos, volviéndome a tumbar bajo la verde y espesa hierba, volviéndome a echar la siesta en aquel lugar. Desperté, de nuevo, con el suave aliento del atardecer. Me levanté, y felizmente posé mi mirada en el primer árbol. Cuán grande fue mi sorpresa cuando descubrí que ¡se había movido! Sí, sí. ¡Se había desplazado por lo menos diez metros más cerca del otro árbol! Aunque seguían estando ambos muy separados, la diferencia era notable. Durante unos segundos, me quedé paralizado. Me froté los ojos, como hacen en los dibujos animados, y volví a mirar. Parece ser que los árboles se pueden desplazar... ¡Qué gran avance para la ciencia! Después de aquellos segundos eternos, la consciencia vino a mí de nuevo. Corrí como un loco hacia el árbol que se había desplazado; parecía otro. Aunque no había perdido el mal color de sus hojas, ni todas aquellas ramas enfermas, estaba erguido, casi parecía que quería hacerse el fuerte. En ese momento, empecé a admirarlo. Acaricié sus débiles ramas, con sumo cuidado, y derramé inconscientemente en sus raíces un poco de agua. Le eché una mirada al otro árbol, pero no fui con él. Me quedé bajo la poca sombra que daba mi enfermizo amigo, leyendo Drácula, de Bram Stoker, sintiendo la brisa calmar mi corazón. Cuando terminé el interminable capítulo, recogí mi mochila, y sintiendo el mismo pesar que el día anterior, me fui hacia la ciudad.
Tercer día.
Tomé mi brújula de la suerte y corrí hacia ese lugar mágico. La sorpresa volvió a inundar mi alma con su veneno, ¡ahora era el otro árbol el que había acortado distancias! A sí que después de todo, aquello no era un sueño, era real. Me dejé caer sobre el césped, con la boca abierta y los ojos pendientes de aquellos misteriosos árboles. Me acerqué a mi amigo enfermo, que todas las fuerzas que le quedaban las estaba usado, perspicazmente, en erguirse y parecer más alto y bello. Lo abracé, deseando que parara de hacer eso. De algún modo sabía que si seguía gastando esas fuerzas, acabaría... No puedo decirlo, es demasiado cruel. Me acerqué al otro, que parecía interesarse en mi pequeño árbol, pues tomó ese día una postura interesante; casi todas las ramas apuntaban suavemente hacia él. Me encogí de hombros, y no se me ocurrió otra cosa que leer bajo la sombra de aquel roble gigantesco, mi libro. Se me hizo en seguida de noche, así que recogí mis cosas y me fui, ansioso por ver el cambio que presuntamente se produciría al día siguiente.
Cuarto día por la tarde.
Ya ni si quiera me preocupó la brújula, me sabía el camino de memoria. Cada seta, cada arbusto, cada nudo de cada árbol del bosque lo tenía escrito en mi mente. Precisamente, aquel día fue cuando mis arbolitos sufrieron más cambios. Ambos estaban muy, muy juntos. Durante toda la noche de mi ausencia, mi enfermo amigo se había convertido en otro roble gigantesco. Yo miraba a ambos. Miraba sus anchas raíces, ¿cómo habría podido transportarlas? Miraba también la extensa sombra que daban, parecían esperar a que me sentara tranquilamente y leyera para ellos. Por suerte, me llevé un libro de poemas de Federico García Lorca, el álbum de la Juventud. Me senté, de cerca el primer roble parecía que seguía enfermo, pero muy por dentro, en el alma. Alguien le estaba curando las heridas. Les leí diecinueve poemas, y se entristecieron mucho cuando me fui, o eso sentía yo. En esos momentos ya me preguntaba si no me estaba volviendo loco, sabiendo lo que sentían un par de árboles. Yo era un joven sombrío y solitario, así que pensaba que no tenía nada que perder. No puedo negar que todo aquello era muy extraño, pero ¿a quién le estábamos haciendo daño? A nadie, pues entonces era sano.
Quinto día
Mis dos queridos robles estaban más juntos y verdes que nunca. Aunque mi amigo número uno seguía teniendo esas heridas en el corazón, sus hojas estaban tan suaves como las mejillas de un bebé, y su corteza marrón muy oscura, y fuerte. Sus ramas eran tan sólidas que podría haberme subido sin problemas (aunque no lo hice; pensé en mi familia), que además acariciaban suavemente las del otro árbol. Suspiré, feliz: como escribí antes, ese prado fue mi primer amor, yo amaba a ese prado, y él me amaba a mí... Pero aquellos árboles también se amaban entre ellos. Me senté entre ambos y les conté varios cuentos populares así como leyendas urbanas y fábulas. Les encantaron, como siempre. Les pregunté si se amaban, las hojas acariciando mi pelo confirmaron mis sospechas. Estuvimos hablando un buen rato, tranquilamente, sin prisas. Hubo un momento en el que saqué mi cámara de fotos digital y les pedí que posaran para una foto. Pusieron su mejor perfil, se abrazaron, sonrieron. La suave brisa de siempre hacía de ese momento el más dulce de los pasteles artesanos. Se hizo de noche, y yo prometí volver mañana, como cada día.
Sexto día.
Esa noche llovió, así que estaba más que nunca ansioso por llegar con mis amados amigos. Corría tan deprisa que, en varias ocasiones, casi me caía, pero me daba igual. Llegué a mi prado. Lloré con ganas. Con muchas ganas. Estaba todo precioso: el rocío de las flores empapaba la fría y fresca hierba, y los dos árboles lloraban gotas de agua cristalina de placer. Aquello no se podía fotografiar, pues deberían ser millones y millones de fotos para captar absolutamente todos los detalles que nos ofrecía aquel cuadro, que ni el mejor pintor podría asemejar al menos su belleza. Caí al suelo de rodillas, a la par que lágrimas de mis ojos. Di gracias a quien quiera que estuviese allí arriba por haberme dado la oportunidad de ver tanta belleza en tan pocos días, belleza que fundió totalmente la gruesa barrera de hielo que cubría mi mente... Y mi corazón.
Yo seguí viendo a mis amigos, mis amores, todos los días al prado, hasta que la conocí a ella. Le enseñé aquel mágico lugar, también ella se enamoró, y los árboles no tardaron en corresponderle. Ahora vivimos todos enamorados, yo casado, y escribo esta historia verdadera, que cambió mi vida, mi forma de ser, para que, cuando nuestros dos hijos tengan una edad madura, contarles lo que había unido la vida de mi mujer, y la mía.
(Escrito en el 2010. Ganador de un segundo premio en un concurso literario.)
martes, 7 de enero de 2014
Orianna I
Corin cogió a su hija del brazo, sudando, exasperando
rápidamente, y comenzó a empujarla hacia el sótano.
- ¡Lo he conseguido, Lane! ¡Ahí abajo tienes tu regalo de
cumpleaños!
La muchacha no supo cómo reaccionar ante ese ímpetu, así que
bajó las escaleras cuidadosamente, seguida de su padre. El sótano de su casa
era un auténtico taller de tecnología robótica, todo obra de Corin. La alfombra
de tuercas y tornillos del suelo ofrecía a quien pasara un leve tañido calmante
que Lane adoraba desde pequeña. Las paredes estaban cubiertas de todo tipo de
herramientas: sierras; sierras láser, más precisas; martillos tanto de mano
como mecánicos, hechos por el mismo Corin; limas de todos los tamaños; grandes
tablas de madera y planchas de acero, algunas de las últimas curvadas o
trabajadas en forma de media esfera y, lo que más llamaba la atención, la
fundición propia de Corin. Ahí el viejo ingeniero daba forma a las planchas de
acero, calentándolo en un horno de piedra. Por eso en el sótano siempre hacía
mucho calor, pero esta vez no.
Una vez abajo, la vio. Estaba sentada en la mesa más grande:
una preciosa robot de aspecto humano, únicamente hecha de acero. Tenía cuerpo
de mujer. Sus ojos, aparentemente ausentes, miraban a la pared. Sus manos,
apoyadas en el borde de la mesa eran amarillas, como los pies y la corta falda
metálica que tenía como cadera, con vuelo. Los flecos eran alargados,
redondeados. Su cabello, lo único que parecía no ser de metal, era rubio y
recogido arriba con un lazo dorado.
Corin sonrió al ver la cara de Lane.
- ¿Cómo se llamará? –preguntó.
Ella respondió casi al momento, como si le hubiera leído el
pensamiento a su padre.
- Orianna. Mi dama de acero.
- Le he introducido sólo un programa de aprendizaje con
vocabulario básico. Así podrás enseñarle todo lo que necesites. Es toda tuya.
Ah, toma –le tendió dos cables: uno delgado con un extremo para un puerto USB y
otro más grueso, adaptado para conectarlo a la corriente-. Esto es para
conectarla a la corriente cuando se quede sin batería, aunque se le va cargando
automáticamente cuando camina, por si acaso. El otro es para que la conectes a
tu ordenador. Su capacidad es tres veces más grande que la del ordenador de
casa, pero no la explotes mucho –sonrió.
- Gracias, papá- Lane le abrazó con mucha fuerza.
- Anda, iros fuera. Tengo que ordenar todo esto.
- Pero ¿cómo le enseño su nombre?
- Bot, despierta –dijo Corin en tono autoritario.
Inmediatamente, Orianna subió la cabeza y sus ojos se
iluminaron como el cielo, azules, inmensos. Giró la cabeza con un ruido
metálico y miró a Corin.
- Bot iniciada. Buenas tardes –su voz era totalmente irreal,
chirriante, sin embargo, no dejaba de ser femenina.
- ¿Cuál es tu nombre? –le preguntó él.
Pareció que Orianna se quedaba pensativa, porque por sus
ojos comenzaron a pasar rápidas líneas horizontales, blancas y muy finas, de
izquierda a derecha. Al cabo de unos segundos, respondió mecánicamente.
- Ese dato es inexistente. ¿Desea introducirlo o es
prescindible?
- Deseo introducirlo.
Orianna vaciló un poco antes de contestar.
- Adelante.
Lane miró a su padre, dudando, pero carraspeó y dijo:
- Orianna.
- ¿Orianna? –repitió la robot. Parecía sorprendida.
- Eh… Sí –murmuró Lane sin saber muy bien qué responder.
- Deseo bloquear el dato –se apresuró a decirle Corin-, así nadie podrá cambiarle el nombre excepto tú –añadió dirigiéndose a Lane.
- Dato bloqueado –sonó de nuevo el chirrido suave de la
robot.
- Deseo bloquear el dato –se apresuró a decirle Corin-, así nadie podrá cambiarle el nombre excepto tú –añadió dirigiéndose a Lane.
viernes, 3 de enero de 2014
El virus mortal
Por fin. Elia saca de su bolsa una jeringuilla. Contiene lo que se supone
que cura la enfermedad. Pero hay un problema: son dos enfermos y hay una sola jeringuilla. Yuki se niega a ponérsela él. Quiere que se la ponga Gith. Gith decide lo mismo que él. El amor puede a cualquier cosa, y los dos están dispuestos a morir por el otro.
- Póntela tú. Como vengas y me la pongas, te mato...
- Yuki, por favor... Vendré sana y salva... ¡Te lo prometo!
- ¡Que no, Gith! Por favor...
Gith accede. Yuki ha ganado. Su novia seguirá viviendo, una vida normal. Y él, morirá por salvarle la vida. Lo que daría por ver esa sonrisa de nuevo... ¿Por qué han tenido que ser ellos dos, precisamente? ¿Por qué? No lo sabe. Nadie lo sabe. Es el Destino. El azar. Gith pide ayuda a Elia. No puede ponerse la inyección sola. Se da la vuelta, susurra un "¡Ay!" y se vuelve hacia Yuki, que la mira exhausto. Ella va a darle un beso. Todo ha terminado. Yuki irá a ver si puede conseguir dar con la salida. Fracasará. Es imposible salir de allí y volver vivo. Ese virus... Es mortal. Amargamente mortal. Él no se da cuenta de que ha sido muy, muy egoísta hasta que Gith le besa con pasión y tristeza. Se da cuenta de lo vacío que estará el corazón de Gith. No tendrá a nadie. No le tendrá a él. Estará sola. Pero, puede rehacer su vida con otro hombre. Sí, con otro menos egoísta, y que la cuide más. No salíamos mucho... Salíamos muy poco, más bien. Pocos besos le daba yo. No me debe querer mucho... Sin embargo... Yo la amo...
- Te amo, Yuki. Te amo. Por favor... Perdóname...
Al chico no le da tiempo a preguntar. Siente una punzada de dolor en el brazo. Al instante... Paz. Sosiego. El dolor ha desaparecido. El virus ha desaparecido. Se siente hombre, se siente humano. Mira a Gith. Todo está solucionado.
- ¿Había dos jeringuillas al final? -le pregunta. No cabe en sí de alegría.
- No, cariño -Gith le vuelve a besar. Yuki siente desaparecer-. Por favor... Perdóname.
- Gith... ¡¡Gith!! ¡¡¡¡GITH!!!! -grita angustiado el muchacho, mientras ve desaparecer a su novia por la puerta negra y sucia- ¡Mierda! ¡¡MIERDA!! ¡¡Lo sabía!! ¡No, Gith!
Al final, la egoísta fue Gith. Yuki lo pasó fatal: efectivamente, Gith no volvió.
(Escrito en el año 2009)
que cura la enfermedad. Pero hay un problema: son dos enfermos y hay una sola jeringuilla. Yuki se niega a ponérsela él. Quiere que se la ponga Gith. Gith decide lo mismo que él. El amor puede a cualquier cosa, y los dos están dispuestos a morir por el otro.
- Póntela tú. Como vengas y me la pongas, te mato...
- Yuki, por favor... Vendré sana y salva... ¡Te lo prometo!
- ¡Que no, Gith! Por favor...
Gith accede. Yuki ha ganado. Su novia seguirá viviendo, una vida normal. Y él, morirá por salvarle la vida. Lo que daría por ver esa sonrisa de nuevo... ¿Por qué han tenido que ser ellos dos, precisamente? ¿Por qué? No lo sabe. Nadie lo sabe. Es el Destino. El azar. Gith pide ayuda a Elia. No puede ponerse la inyección sola. Se da la vuelta, susurra un "¡Ay!" y se vuelve hacia Yuki, que la mira exhausto. Ella va a darle un beso. Todo ha terminado. Yuki irá a ver si puede conseguir dar con la salida. Fracasará. Es imposible salir de allí y volver vivo. Ese virus... Es mortal. Amargamente mortal. Él no se da cuenta de que ha sido muy, muy egoísta hasta que Gith le besa con pasión y tristeza. Se da cuenta de lo vacío que estará el corazón de Gith. No tendrá a nadie. No le tendrá a él. Estará sola. Pero, puede rehacer su vida con otro hombre. Sí, con otro menos egoísta, y que la cuide más. No salíamos mucho... Salíamos muy poco, más bien. Pocos besos le daba yo. No me debe querer mucho... Sin embargo... Yo la amo...
- Te amo, Yuki. Te amo. Por favor... Perdóname...
Al chico no le da tiempo a preguntar. Siente una punzada de dolor en el brazo. Al instante... Paz. Sosiego. El dolor ha desaparecido. El virus ha desaparecido. Se siente hombre, se siente humano. Mira a Gith. Todo está solucionado.
- ¿Había dos jeringuillas al final? -le pregunta. No cabe en sí de alegría.
- No, cariño -Gith le vuelve a besar. Yuki siente desaparecer-. Por favor... Perdóname.
- Gith... ¡¡Gith!! ¡¡¡¡GITH!!!! -grita angustiado el muchacho, mientras ve desaparecer a su novia por la puerta negra y sucia- ¡Mierda! ¡¡MIERDA!! ¡¡Lo sabía!! ¡No, Gith!
Al final, la egoísta fue Gith. Yuki lo pasó fatal: efectivamente, Gith no volvió.
(Escrito en el año 2009)
Akali y Shen I
Akali llamó a la puerta dos veces y se irguió. Quería dar
una buena “primera impresión”. Le abrió en seguida Olaf, sonriendo. Sabía que
la estaban esperando.
- ¿Qué tal el viaje? –le preguntó el nórdico.
- Pues la verdad, muy tranquilo. Estaba deseando llegar para
veros a todos –sonrió ella tímidamente. Miró a su alrededor, era una casa más
bien sencilla. Los muebles eran viejos, y daba la sensación de que habían sido
restaurados en un tiempo no muy lejano a su llegada. Dejó las maletas en el
suelo, pero no esperó que Olaf las recogiera. Efectivamente, no lo hizo. Sin
embargo, advirtió que en los ojos de la muchacha brillaba una chispa de
decepción cuando vio salir del salón a los demás habitantes del lugar: Darius,
con unos vaqueros anchos y una camiseta de manga corta que remarcaba los
músculos de sus brazos, parecía un armario empotrado. Detrás de él, intentando
hacerse ver, Taric, con una de sus gemas entre las manos. El gran Maestro Yi se
asomó saludando con la mano desde la terraza. Probablemente meditaba antes de
que el ruido del timbre lo molestara, porque llevaba una túnica puesta. Akali
saludó a todos con un abrazo muy, muy fuerte. Los había echado de menos. Sin
embargo, faltaba alguien. Miró a Olaf, que asintió levemente.
- Shen todavía no ha llegado, luego vendrá. Ven a la cocina,
te hemos preparado algo caliente.
Akali suspiró mientras apartaba sus maletas, dejándolas al
lado de la puerta. Se quitó el abrigo y siguió a Olaf.
En la cocina la estaba esperando un té caliente y unos
pasteles, que tenían una pinta deliciosa. Darius debió leer la cara de Akali en
ese momento, porque le dijo sonriendo:
- Los ha hecho Yi para ti. Creo que sabe lo mucho que te
gustan los bollos de crema.
La muchacha rió, asintiendo.
- Muchas gracias, de verdad. Cuando termine de “hacer sus
cosas” iré a agradecérselo a él también.
Se sentó en la silla y comenzó a comer. Los demás se
sentaron, sirviéndose té y cogiendo algún que otro dulce. La calma duró poco.
- ¿Y sabéis dónde está Shen? –preguntó, cogiendo un pastel
de chocolate.
Ambos se miraron, alarmados, antes de darle una respuesta
moderada:
- Está recogiendo a alguien de la estación.
Akali tardó en entenderlo, y preguntó, porque la curiosidad
de la joven ninja era infinita, y eso era lo que siempre la llevaba a la desgracia:
- ¿A quién recoge? ¿No estamos todos ya? Diana no puede venir. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo.
- A Luxanna –respondió el noxiano.
Akali levantó la mirada de su pastel de chocolate.
- ¿A Luxanna?
En ese momento entró el Maestro Yi en la cocina, y se dirigió a ella, con cierto tono severo en la voz:
- Sí, ya era hora de que se vieran. Valoran y Demacia no están precisamente cerca, llevan ya tiempo queriendo verse. El amor a distancia no es amor, Akali. Tú más que nadie deberías saberlo.
La muchacha se quedó pálida, y dejó caer a la mesa el pastel.
- ¿Que Shen tiene… Novia? –concluyó, a media voz.
- Creíamos que lo sabías –comentó Taric, prudentemente, mirándola con ternura y compasión. Akali negó con la cabeza. Se hizo de repente el silencio en la cocina, un silencio puntiagudo que perforaba el alma. Al menos, la suya. ¿Shen? Pero… ¿Y todas aquellas cartas? Aquellas promesas... Aquellos llantos bajo el manto de estrellas, acompañada solamente del aliento de Diana. Esta le solía decir que la Luna la compadecía y la acompañaba en su sufrimiento, pues no tiene un ser igual al que amar. Akali sonreía, y apoyaba la cabeza en el hombro de su amiga. En esos momentos, creía que estaba loca, hablando de la Luna como si fuera un ser viviente, un ser superior, un Dios. Sin embargo, le agradecía muchísimo aquello. Hacía que se sintiera mucho mejor.
- ¿A quién recoge? ¿No estamos todos ya? Diana no puede venir. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo.
- A Luxanna –respondió el noxiano.
Akali levantó la mirada de su pastel de chocolate.
- ¿A Luxanna?
En ese momento entró el Maestro Yi en la cocina, y se dirigió a ella, con cierto tono severo en la voz:
- Sí, ya era hora de que se vieran. Valoran y Demacia no están precisamente cerca, llevan ya tiempo queriendo verse. El amor a distancia no es amor, Akali. Tú más que nadie deberías saberlo.
La muchacha se quedó pálida, y dejó caer a la mesa el pastel.
- ¿Que Shen tiene… Novia? –concluyó, a media voz.
- Creíamos que lo sabías –comentó Taric, prudentemente, mirándola con ternura y compasión. Akali negó con la cabeza. Se hizo de repente el silencio en la cocina, un silencio puntiagudo que perforaba el alma. Al menos, la suya. ¿Shen? Pero… ¿Y todas aquellas cartas? Aquellas promesas... Aquellos llantos bajo el manto de estrellas, acompañada solamente del aliento de Diana. Esta le solía decir que la Luna la compadecía y la acompañaba en su sufrimiento, pues no tiene un ser igual al que amar. Akali sonreía, y apoyaba la cabeza en el hombro de su amiga. En esos momentos, creía que estaba loca, hablando de la Luna como si fuera un ser viviente, un ser superior, un Dios. Sin embargo, le agradecía muchísimo aquello. Hacía que se sintiera mucho mejor.
Ahora todo eso había sido en vano. ¿Qué había pasado?
La joven ninja miró a Taric, dolida, y se levantó de la silla, intentando por
todos los medios aparentar normalidad.
- Lo siento, he perdido el apetito de repente. Quizás coma
luego ¿de acuerdo? Voy a deshacer la maleta.
#9
Los unicornios dan suerte a sus poseedores. Siempre han sido seres tímidos y escondidos, sólo los humanos que contengan un corazón puro, blanco, inmaculado, podrán verlos alguna vez en su vida.
Suelen salir en muchos cuentos infantiles, o de ciencia ficción, pues su belleza y su gracia le dan cierta magia al relato.
El centro de su magia, se dice, reside en el cuerno. Hay libros que dicen que si una persona llega a ver un unicornio se convierte en un semimago, pero si el unicornio toca a esa persona, se convierte en mago completo (Memorias de Idhún).
Hay otros que dicen que los unicornios pueden mantener relaciones sentimentales con humanas, hadas o ninfas (leyendas celtas).
Yo creo en preciosos unicornios, creo en diminutas hadas, creo en bellas ninfas, creo en inteligentes elfos, creo en astutas sirenas, creo en fieros licántropos. Y también creo que hay otro mundo demasiado irracional para nosotros, que por eso no creemos, porque nadie ha sido tan curioso de creer, ver, y volver a este mundo para contar, explicar a los demás lo que ha visto en otra dimensión, la dimensión de todas las cosas ‘imaginarias’ que han ido descubriendo los filósofos, los escritores, los pensadores, pero, sobre todo, los soñadores.
(Escrito a finales del año 2011)
Suelen salir en muchos cuentos infantiles, o de ciencia ficción, pues su belleza y su gracia le dan cierta magia al relato.
El centro de su magia, se dice, reside en el cuerno. Hay libros que dicen que si una persona llega a ver un unicornio se convierte en un semimago, pero si el unicornio toca a esa persona, se convierte en mago completo (Memorias de Idhún).
Hay otros que dicen que los unicornios pueden mantener relaciones sentimentales con humanas, hadas o ninfas (leyendas celtas).
Yo creo en preciosos unicornios, creo en diminutas hadas, creo en bellas ninfas, creo en inteligentes elfos, creo en astutas sirenas, creo en fieros licántropos. Y también creo que hay otro mundo demasiado irracional para nosotros, que por eso no creemos, porque nadie ha sido tan curioso de creer, ver, y volver a este mundo para contar, explicar a los demás lo que ha visto en otra dimensión, la dimensión de todas las cosas ‘imaginarias’ que han ido descubriendo los filósofos, los escritores, los pensadores, pero, sobre todo, los soñadores.
(Escrito a finales del año 2011)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)