Akali llamó a la puerta dos veces y se irguió. Quería dar
una buena “primera impresión”. Le abrió en seguida Olaf, sonriendo. Sabía que
la estaban esperando.
- ¿Qué tal el viaje? –le preguntó el nórdico.
- Pues la verdad, muy tranquilo. Estaba deseando llegar para
veros a todos –sonrió ella tímidamente. Miró a su alrededor, era una casa más
bien sencilla. Los muebles eran viejos, y daba la sensación de que habían sido
restaurados en un tiempo no muy lejano a su llegada. Dejó las maletas en el
suelo, pero no esperó que Olaf las recogiera. Efectivamente, no lo hizo. Sin
embargo, advirtió que en los ojos de la muchacha brillaba una chispa de
decepción cuando vio salir del salón a los demás habitantes del lugar: Darius,
con unos vaqueros anchos y una camiseta de manga corta que remarcaba los
músculos de sus brazos, parecía un armario empotrado. Detrás de él, intentando
hacerse ver, Taric, con una de sus gemas entre las manos. El gran Maestro Yi se
asomó saludando con la mano desde la terraza. Probablemente meditaba antes de
que el ruido del timbre lo molestara, porque llevaba una túnica puesta. Akali
saludó a todos con un abrazo muy, muy fuerte. Los había echado de menos. Sin
embargo, faltaba alguien. Miró a Olaf, que asintió levemente.
- Shen todavía no ha llegado, luego vendrá. Ven a la cocina,
te hemos preparado algo caliente.
Akali suspiró mientras apartaba sus maletas, dejándolas al
lado de la puerta. Se quitó el abrigo y siguió a Olaf.
En la cocina la estaba esperando un té caliente y unos
pasteles, que tenían una pinta deliciosa. Darius debió leer la cara de Akali en
ese momento, porque le dijo sonriendo:
- Los ha hecho Yi para ti. Creo que sabe lo mucho que te
gustan los bollos de crema.
La muchacha rió, asintiendo.
- Muchas gracias, de verdad. Cuando termine de “hacer sus
cosas” iré a agradecérselo a él también.
Se sentó en la silla y comenzó a comer. Los demás se
sentaron, sirviéndose té y cogiendo algún que otro dulce. La calma duró poco.
- ¿Y sabéis dónde está Shen? –preguntó, cogiendo un pastel
de chocolate.
Ambos se miraron, alarmados, antes de darle una respuesta
moderada:
- Está recogiendo a alguien de la estación.
Akali tardó en entenderlo, y preguntó, porque la curiosidad
de la joven ninja era infinita, y eso era lo que siempre la llevaba a la desgracia:
- ¿A quién recoge? ¿No estamos todos ya? Diana no puede venir. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo.
- A Luxanna –respondió el noxiano.
Akali levantó la mirada de su pastel de chocolate.
- ¿A Luxanna?
En ese momento entró el Maestro Yi en la cocina, y se dirigió a ella, con cierto tono severo en la voz:
- Sí, ya era hora de que se vieran. Valoran y Demacia no están precisamente cerca, llevan ya tiempo queriendo verse. El amor a distancia no es amor, Akali. Tú más que nadie deberías saberlo.
La muchacha se quedó pálida, y dejó caer a la mesa el pastel.
- ¿Que Shen tiene… Novia? –concluyó, a media voz.
- Creíamos que lo sabías –comentó Taric, prudentemente, mirándola con ternura y compasión. Akali negó con la cabeza. Se hizo de repente el silencio en la cocina, un silencio puntiagudo que perforaba el alma. Al menos, la suya. ¿Shen? Pero… ¿Y todas aquellas cartas? Aquellas promesas... Aquellos llantos bajo el manto de estrellas, acompañada solamente del aliento de Diana. Esta le solía decir que la Luna la compadecía y la acompañaba en su sufrimiento, pues no tiene un ser igual al que amar. Akali sonreía, y apoyaba la cabeza en el hombro de su amiga. En esos momentos, creía que estaba loca, hablando de la Luna como si fuera un ser viviente, un ser superior, un Dios. Sin embargo, le agradecía muchísimo aquello. Hacía que se sintiera mucho mejor.
- ¿A quién recoge? ¿No estamos todos ya? Diana no puede venir. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo.
- A Luxanna –respondió el noxiano.
Akali levantó la mirada de su pastel de chocolate.
- ¿A Luxanna?
En ese momento entró el Maestro Yi en la cocina, y se dirigió a ella, con cierto tono severo en la voz:
- Sí, ya era hora de que se vieran. Valoran y Demacia no están precisamente cerca, llevan ya tiempo queriendo verse. El amor a distancia no es amor, Akali. Tú más que nadie deberías saberlo.
La muchacha se quedó pálida, y dejó caer a la mesa el pastel.
- ¿Que Shen tiene… Novia? –concluyó, a media voz.
- Creíamos que lo sabías –comentó Taric, prudentemente, mirándola con ternura y compasión. Akali negó con la cabeza. Se hizo de repente el silencio en la cocina, un silencio puntiagudo que perforaba el alma. Al menos, la suya. ¿Shen? Pero… ¿Y todas aquellas cartas? Aquellas promesas... Aquellos llantos bajo el manto de estrellas, acompañada solamente del aliento de Diana. Esta le solía decir que la Luna la compadecía y la acompañaba en su sufrimiento, pues no tiene un ser igual al que amar. Akali sonreía, y apoyaba la cabeza en el hombro de su amiga. En esos momentos, creía que estaba loca, hablando de la Luna como si fuera un ser viviente, un ser superior, un Dios. Sin embargo, le agradecía muchísimo aquello. Hacía que se sintiera mucho mejor.
Ahora todo eso había sido en vano. ¿Qué había pasado?
La joven ninja miró a Taric, dolida, y se levantó de la silla, intentando por
todos los medios aparentar normalidad.
- Lo siento, he perdido el apetito de repente. Quizás coma
luego ¿de acuerdo? Voy a deshacer la maleta.
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