martes, 7 de enero de 2014

Orianna I

Corin cogió a su hija del brazo, sudando, exasperando rápidamente, y comenzó a empujarla hacia el sótano.
- ¡Lo he conseguido, Lane! ¡Ahí abajo tienes tu regalo de cumpleaños!
La muchacha no supo cómo reaccionar ante ese ímpetu, así que bajó las escaleras cuidadosamente, seguida de su padre. El sótano de su casa era un auténtico taller de tecnología robótica, todo obra de Corin. La alfombra de tuercas y tornillos del suelo ofrecía a quien pasara un leve tañido calmante que Lane adoraba desde pequeña. Las paredes estaban cubiertas de todo tipo de herramientas: sierras; sierras láser, más precisas; martillos tanto de mano como mecánicos, hechos por el mismo Corin; limas de todos los tamaños; grandes tablas de madera y planchas de acero, algunas de las últimas curvadas o trabajadas en forma de media esfera y, lo que más llamaba la atención, la fundición propia de Corin. Ahí el viejo ingeniero daba forma a las planchas de acero, calentándolo en un horno de piedra. Por eso en el sótano siempre hacía mucho calor, pero esta vez no.
Una vez abajo, la vio. Estaba sentada en la mesa más grande: una preciosa robot de aspecto humano, únicamente hecha de acero. Tenía cuerpo de mujer. Sus ojos, aparentemente ausentes, miraban a la pared. Sus manos, apoyadas en el borde de la mesa eran amarillas, como los pies y la corta falda metálica que tenía como cadera, con vuelo. Los flecos eran alargados, redondeados. Su cabello, lo único que parecía no ser de metal, era rubio y recogido arriba con un lazo dorado.
Corin sonrió al ver la cara de Lane.
- ¿Cómo se llamará? –preguntó.
Ella respondió casi al momento, como si le hubiera leído el pensamiento a su padre.
- Orianna. Mi dama de acero.
- Le he introducido sólo un programa de aprendizaje con vocabulario básico. Así podrás enseñarle todo lo que necesites. Es toda tuya. Ah, toma –le tendió dos cables: uno delgado con un extremo para un puerto USB y otro más grueso, adaptado para conectarlo a la corriente-. Esto es para conectarla a la corriente cuando se quede sin batería, aunque se le va cargando automáticamente cuando camina, por si acaso. El otro es para que la conectes a tu ordenador. Su capacidad es tres veces más grande que la del ordenador de casa, pero no la explotes mucho –sonrió.
- Gracias, papá- Lane le abrazó con mucha fuerza.
- Anda, iros fuera. Tengo que ordenar todo esto.
- Pero ¿cómo le enseño su nombre?
- Bot, despierta –dijo Corin en tono autoritario.
Inmediatamente, Orianna subió la cabeza y sus ojos se iluminaron como el cielo, azules, inmensos. Giró la cabeza con un ruido metálico y miró a Corin.
- Bot iniciada. Buenas tardes –su voz era totalmente irreal, chirriante, sin embargo, no dejaba de ser femenina.
- ¿Cuál es tu nombre? –le preguntó él.
Pareció que Orianna se quedaba pensativa, porque por sus ojos comenzaron a pasar rápidas líneas horizontales, blancas y muy finas, de izquierda a derecha. Al cabo de unos segundos, respondió mecánicamente.
- Ese dato es inexistente. ¿Desea introducirlo o es prescindible?
- Deseo introducirlo.
Orianna vaciló un poco antes de contestar.
- Adelante.
Lane miró a su padre, dudando, pero carraspeó y dijo:
- Orianna.
- ¿Orianna? –repitió la robot. Parecía sorprendida.
- Eh… Sí –murmuró Lane sin saber muy bien qué responder.
- Deseo bloquear el dato –se apresuró a decirle Corin-, así nadie podrá cambiarle el nombre excepto tú –añadió dirigiéndose a Lane.
- Dato bloqueado –sonó de nuevo el chirrido suave de la robot.

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