viernes, 22 de agosto de 2014

El Libro de las Magias: Historia I

Cuando conocí a Danta me quedé sin palabras, pero esta es una expresión demasiado pobre para describir lo que sentí cuando la vi desnuda por primera vez. Los vegetales tienen la manía de “alimentarse de la energía inagotable de la bola infinitamente ardiente”, textualmente. Ya me había dicho Naeva que Danta estaba ocupada, pero necesitaba preguntarle algo importante sobre las nuevas propiedades encontradas en las hojas de roble seco. Llegué hasta su puerta y llamé un par de veces antes de entrar atropelladamente.
- ¡Danta! Mira lo que he encontr…
Efectivamente, no pude terminar la frase. Desde que vi cómo Lindetta había conseguido criar una flor en la palma de su mano que bebía de su savia, no había vuelto a ver algo tan extraordinario y a la vez tan repugnante. Quizás la impresión fue mayor porque nunca había visto antes un vegetal desnudo. Quizás entre ellos tener ese cuerpo cosido con vida era normal, pero no para mí. Fue tan horrible que a pesar de los impulsos que me surgían para darme la vuelta no pude moverme. Vi a Danta totalmente desnuda de espaldas a mí. Su propia espalda ya lo decía todo: estaba dividida en dos partes claramente diferenciadas por su color y textura y la suave línea que la separaba se hundía en lo que supuestamente era su carne. Una de las partes sí, era de un color rosado muy sano, pero tras la cicatriz que juntaba ambas ya no había más humanidad. En lugar de piel tenía algún tipo de hoja verde gigante que cubría sus caderas y parte de su espalda, llena de vida y de savia. Su brazo izquierdo estaba cubierto en varias zonas por una corteza áspera y fina que ascendía por capas desde la muñeca. Su pelo, como siempre que se mostraba ante el sol, se había teñido también de un verde oscuro que recordaba el lado más salvaje de un bosque virgen. Le caía por los hombros cubriendo ambos senos. Tardó varios segundos en darse la vuelta desde que yo entré, y la sentí en toda la habitación. Cada planta en cada maceta era ella, y ella estaba enfrente de mí. Me habló aún con los ojos cerrados.
- Nethan, ¿que necesitas? -sonrió.
Yo no sabía hablar. Había olvidado todo lo que aprendí desde que tenía tres años en cinco segundos.
- ¿Nethan?
En ese momento abrió los ojos. Me miraba directamente a pesar de que sabía que no podía verme. Su presencia me imponía demasiado (siempre lo había hecho), y más ahora que estaba desnuda y parecía pretender devanarme los ojos con su mirada vacía llena de intención.
- Yo venía… Simplemente a enseñarte... -logré articular, y desvié la mirada de su cuerpo.
- Naeva me lo ha dicho todo -sonrió. Al parecer le encantaba verme temblar delante de ella- venías a hablarme sobre las hojas de roble, ¿verdad?
Asentí tragando saliva, y una de las lianas que colgaban del techo se dobló y cerró la puerta detrás de mí.
- Cuéntame, no te cortes por favor -rió suavemente, divertida.
Le conté todo lo que sabía. Estaba completamente sonrojado y sabía que ella podía notar el intenso calor que irradiaba mi piel. No se movió en todo el rato que estuve hablando. Cuando terminé, suspiró.
- Bueno… Podríamos usarlas como catalizadoras para las pociones de tercer grado -explicó- por lo que cuentas parecen más adecuadas que las de manzana.
Su cuerpo crujió dulcemente al aproximarse hacia mí. Era extraño porque cuando hablaba con ella no sabía hacia dónde mirar, puesto que los ojos siempre los llevaba cubiertos con la venda. Mientras se acercaba cerré los míos. Era una forma de sentirla en toda su plenitud. Mientras se acercaba suspiré, y el polen inundó todos mis pulmones, enamorándome otra vez...

Nunca supe de qué forma un vegetal podía influir tanto en mí, un mago etéreo.

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