- Para que nunca mueras -le dijo alguien cuando era pequeño- alguien ha de escribir tu historia. Para que existas, alguien ha de pensarte, puesto que si nadie nunca te hubiera imaginado, no podrías estar existiendo en la mente del hombre.
No se lo tomó a broma, y comenzó a escribir. Dedicó toda su solitaria vida, desde aquel momento, a escribir historias en las que las protagonistas eran bellas damas, frágiles niños pequeños o héroes de guerra, imaginando las tramas en su mente, así, las haría reales. Y las pocas veces que salía de su casa escrutaba cada cara desconocida que veía por la calle, para comprobar si había nacido una de sus damas, sus niños, o sus curtidos hombres fuertes.
Pero no.
Nunca vio nada parecido a lo que escribía.
Vivía absorto en sus historias, no conocía a nadie ni lo necesitaba para vivir. Vivía por y para dar vida.
Faltaba cuero en casa para forrar sus libros, faltaban estanterías para ponerlos, sobraba polvo encima de ellos. Pero por más que escribía dando vida con sus dedos a esos seres, no traspasaban el papel.
Así terminó todo.
El hombre, al haber comprobado que todo por lo que había luchado durante toda su vida había sido en vano, firmó su último libro y se suicidó, viejo y solo, con la única compañía a su alrededor de su tinta, su pluma y sus letras.
Un viejo vagabundo que notó el olor que desprendía la casa una noche, alertó a la policía. Al viejo se le enterró debidamente, y fue entonces cuando toda su obra salió a la luz pública.
Los libros estaban maravillosamente escritos. Salieron en la portada de los periódicos y revistas más conocidos en el país.
Mientras tanto, el escritor lo miraba todo desde arriba. Miraba cómo la gente se volvía adicta a sus libros, cómo después de terminar uno corrían a la tienda a pedir otro. Lo exigían. Los medios de comunicación comenzaron a llamar sus libros "la droga de la lectura". Y él no lo entendía. Les gritaba que esa no fue su intención, que no bastaba con leer, que había que ver nacer a esas personas... Pero desde ahí arriba, nadie lo escuchaba.
Entonces ocurrió.
El éxito de sus libros ya era mundial. Se conocían en todas partes. Se llegó a abrir un museo para exponer los ejemplares originales. El viejo estaba desesperado, cuando levantó la vista en la soledad de la muerte... Y ahí estaban. Todas sus princesas, sus damas y sus príncipes, sus aventurados niños, las brujas y los magos, los valientes luchadores y los que no lo eran tanto. Ahí estaban, sonriendo y mirándole con infinita ternura y amor.
Detrás de ellos, una masa amorfa y translúcida se moldeaba para hacer otro personaje más, que una vez terminado se volvió sólido, parecido a una persona normal.
Y lo entendió.
Entendió que a medida que sus libros se iban leyendo, los lectores se imaginaban la historia, con sus personajes, y los iban creando poco a poco en sus mentes. Los pensamientos de una persona podían no ser fuertes, pero los de millones de personas, sí lo eran. Entonces aparecían ahí, con él. Comenzó a reírse y a abrazarlos a todos.
Porque los había imaginado, pensado y escrito. Porque, si él los había engendrado, eran sus hijos.
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