"Hemos hecho la primera parada, todo el mundo está exhausto. Ahora vienen los últimos, se me caen los mocos.
Hemos subido una montaña entera, tengo todo el cuerpo sudoroso. La gente ríe, pero todos están cansados. Parece que nunca termina de venir la gente, ahora miro y somos muchos. Era yo una de las primeras.
Pregunto a algunos "¿Cómo estás?"
- Bien, bien.
- Cansada.
Veo a gente conocida, gente conocida desde hace una semana, un mes, y hasta tres años. Mis compañeras discuten con el profesor: están cansadas y no quieren volver nunca más. Las vistas son PRECIOSAS, así que merece la pena solo para ver esto. Bueno, creo que ya estamos todos... Ah no, siguen viniendo de abajo... Impresionante. Saludo a la gente, sonrío, y no me dicen nada. Buah... Hay gente para todo. La verdad, estoy deseando comenzar.
- Chicos, nos vamos.
Luego sigo.
Madre mía. ¡Me he caído redonda! Estoy aún exhausta. No puedo más. ¡¡Menuda montaña nos han hecho subir!! Me caí literalmente, llorando. Puff. Hemos parado antes dos veces, pero no me dio tiempo ni a sentarme.
Andrés, de 1º de Bachillerato, tirando aceitunas de los árboles a las personas de delante. Ahora hay que bajar la montaña.
No tengo ganas ningunas.
PUF.
Dicen que nos vamos ya.
No tengo ganas.
Luego seguiré, SI ME DA TIEMPO."
No hay fecha exacta, pero está escrito sobre el 2010, en una de las excursiones que hicimos con el instituto.
domingo, 23 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
Conversaciones con Mina II
- ¡Hola, Mina! ¿Qué tal la mañana?
Mina no respondió, se sentía seca.
- Ah... ¿Quieres agua? Espera...
Le di un vaso de agua. Parecía sentirse mejor, con lo que comencé mi historia.
- Ayer, definitivamente, dijo que me olvidara de él. Hace menos de unos dos meses prometió que estaría ahí para siempre, pero lleva unos días muy muy raro. Le pregunté qué le pasaba y bueno, esa fue la respuesta. Que nada, que se acabó. Que ya no se puede volver atrás, que eso ha pasado y se ha quedado ahí, como un bonito recuerdo. Y ambos queremos dejarlo así, bien, sin discutir, para recordar solo los buenos momentos, pero ya te digo, que se han quedado ahí... En la línea del olvido de la que hablo en mi blog. Esa línea delgada y refinada que separa dos mundos. Donde se depositan el pensamiento, los recuerdos. ¿Dónde están si no? ¿Dónde se almacenan los recuerdos si no? Bueno, no estoy realmente hablando de eso. Así que, se acabó, Mina, no hay nada más. Yo puede que estuviera esperando... No sé... Fue corto y aún lo estoy olvidando. Pero ¿sabes qué?, por mucha rabia que me dé, sí, es mejor. ¿Cómo que "por qué"? Porque ahora sé que nunca más habrá nada, que no me quiere, que será feliz con otra persona que esté más cerca de él. Que pueda tocarle, sonreírle, y hacerle feliz. A alguien quien al menos pueda ver una vez a la semana, eso es todo. Sí, ya lo sé, por favor, no te molestes por eso. No puedo cambiar lo que soy, y parece que aún tengo algo en el corazón que es suyo, que no debería tener, pero que quizás tengo. No sé lo que quiero, pero no quiero ni sufrir yo, ni que sufra él, ni que sufra nadie. A veces me encantaría realmente ser como tú. A partir de ahora, voy a dejar pasar el tiempo. Así, Mina, así, de fácil. Dejar pasar el tiempo. Dicen que lo cura todo ¿no? Pues ya está. Llevaba tiempo temiéndome esto y ahora por fin ha pasado. Ya no tengo que preocuparme más. Un recuerdo. Eso es lo que es ahora. Palabras volando por el aire...
Mina no respondió, se sentía seca.
- Ah... ¿Quieres agua? Espera...
Le di un vaso de agua. Parecía sentirse mejor, con lo que comencé mi historia.
- Ayer, definitivamente, dijo que me olvidara de él. Hace menos de unos dos meses prometió que estaría ahí para siempre, pero lleva unos días muy muy raro. Le pregunté qué le pasaba y bueno, esa fue la respuesta. Que nada, que se acabó. Que ya no se puede volver atrás, que eso ha pasado y se ha quedado ahí, como un bonito recuerdo. Y ambos queremos dejarlo así, bien, sin discutir, para recordar solo los buenos momentos, pero ya te digo, que se han quedado ahí... En la línea del olvido de la que hablo en mi blog. Esa línea delgada y refinada que separa dos mundos. Donde se depositan el pensamiento, los recuerdos. ¿Dónde están si no? ¿Dónde se almacenan los recuerdos si no? Bueno, no estoy realmente hablando de eso. Así que, se acabó, Mina, no hay nada más. Yo puede que estuviera esperando... No sé... Fue corto y aún lo estoy olvidando. Pero ¿sabes qué?, por mucha rabia que me dé, sí, es mejor. ¿Cómo que "por qué"? Porque ahora sé que nunca más habrá nada, que no me quiere, que será feliz con otra persona que esté más cerca de él. Que pueda tocarle, sonreírle, y hacerle feliz. A alguien quien al menos pueda ver una vez a la semana, eso es todo. Sí, ya lo sé, por favor, no te molestes por eso. No puedo cambiar lo que soy, y parece que aún tengo algo en el corazón que es suyo, que no debería tener, pero que quizás tengo. No sé lo que quiero, pero no quiero ni sufrir yo, ni que sufra él, ni que sufra nadie. A veces me encantaría realmente ser como tú. A partir de ahora, voy a dejar pasar el tiempo. Así, Mina, así, de fácil. Dejar pasar el tiempo. Dicen que lo cura todo ¿no? Pues ya está. Llevaba tiempo temiéndome esto y ahora por fin ha pasado. Ya no tengo que preocuparme más. Un recuerdo. Eso es lo que es ahora. Palabras volando por el aire...
miércoles, 5 de febrero de 2014
Orianna II
Estaba acostumbrada a que la ignorasen. Pero completamente acostumbrada, tanto, que lo veía como algo normal. Si preguntaba o proponía algo, no esperaba respuesta, es más, se llevaba una gran sorpresa si la obtenía. Por todo eso y más, a Lane le encantaba la compañía de Orianna.
- Oye, ¿cuál crees que debería tirar ya, el rojo o el azul? -le preguntó un día mientras revolvía en su mochila y sacaba unos estuches de lápices, viejos y raídos. Se disponía a vaciar el azul.
- El rojo.
Lane se sobresaltó y miró a Orianna, que seguía sentada en el suelo, en su rincón, donde la dejaba todos los días antes de marcharse al instituto. Los ojos azules de su robot brillaban con intensidad. En ese momento, Lane pensó cómo un robot podría tomar una decisión como esa. ¿En qué se habría fijado? Quizás en la cantidad de fibras rotas que se veían a primera vista. O quizás había elegido el rojo porque estaba más sucio. O simplemente había sido cuestión del azar. Decidió probarla.
- ¿Por qué el rojo? ¿No te gusta el color rojo?
Orianna se quedó pensando un momento. Tic-tac. Tic-tac.
- El azul lo usas muchas veces más que el rojo. De hecho, si tuviera que regalarte algo, sería azul. El cielo sin nubes. ¿De quién es el cielo, Lane?
La chica se sorprendió aún más y sonrió.
- El cielo no es de nadie -respondió, vaciando el rojo-. El cielo es una de las únicas cosas que compartimos absolutamente todos los seres humanos. El cielo está ahí, nadie nunca lo ha tocado, sentido u olido. Alguien dijo alguna vez "Sky is the limit", Orianna. No hay nada detrás de él, solo hay nada.
La robot intentaba procesar todos esos datos confusos, en vano.
- No puede ser que no haya nada y que haya nada a la vez, Lane. No puedo comprender eso. -decía, cada vez que no entendía algo o que resultaba imposible de interpretar por sus circuitos.
- Bueno, ¡es que son "nadas" distintas! Cuando decimos que no hay nada, es porque no hay nada. Y cuando nos referimos a "la nada", es exactamente igual. La nada es la ausencia de todo, y eso es nada. ¡Estoy diciendo lo mismo! Solo que a mí me gusta ponerle nombre a esa ausencia de cosas y en vez de decir "no hay nada" digo que "existe la nada". Así, podríamos definir el sustantivo nada como "ausencia de todo".
- Entonces... ¿Qué hay detrás del cielo?
- Oye, ¿cuál crees que debería tirar ya, el rojo o el azul? -le preguntó un día mientras revolvía en su mochila y sacaba unos estuches de lápices, viejos y raídos. Se disponía a vaciar el azul.
- El rojo.
Lane se sobresaltó y miró a Orianna, que seguía sentada en el suelo, en su rincón, donde la dejaba todos los días antes de marcharse al instituto. Los ojos azules de su robot brillaban con intensidad. En ese momento, Lane pensó cómo un robot podría tomar una decisión como esa. ¿En qué se habría fijado? Quizás en la cantidad de fibras rotas que se veían a primera vista. O quizás había elegido el rojo porque estaba más sucio. O simplemente había sido cuestión del azar. Decidió probarla.
- ¿Por qué el rojo? ¿No te gusta el color rojo?
Orianna se quedó pensando un momento. Tic-tac. Tic-tac.
- El azul lo usas muchas veces más que el rojo. De hecho, si tuviera que regalarte algo, sería azul. El cielo sin nubes. ¿De quién es el cielo, Lane?
La chica se sorprendió aún más y sonrió.
- El cielo no es de nadie -respondió, vaciando el rojo-. El cielo es una de las únicas cosas que compartimos absolutamente todos los seres humanos. El cielo está ahí, nadie nunca lo ha tocado, sentido u olido. Alguien dijo alguna vez "Sky is the limit", Orianna. No hay nada detrás de él, solo hay nada.
La robot intentaba procesar todos esos datos confusos, en vano.
- No puede ser que no haya nada y que haya nada a la vez, Lane. No puedo comprender eso. -decía, cada vez que no entendía algo o que resultaba imposible de interpretar por sus circuitos.
- Bueno, ¡es que son "nadas" distintas! Cuando decimos que no hay nada, es porque no hay nada. Y cuando nos referimos a "la nada", es exactamente igual. La nada es la ausencia de todo, y eso es nada. ¡Estoy diciendo lo mismo! Solo que a mí me gusta ponerle nombre a esa ausencia de cosas y en vez de decir "no hay nada" digo que "existe la nada". Así, podríamos definir el sustantivo nada como "ausencia de todo".
- Entonces... ¿Qué hay detrás del cielo?
Ignis Divine
Esperaba su sentencia de rodillas en la alfombra. Siempre se había preguntado qué era el purgatorio y ahora por fin podía ponerle imagen. Se trataba de una sala rectangular muy, muy grande. En el centro había una alfombra rojo bermellón ribeteada con encajes de oro de las formas más bellas que uno nunca podría imaginar. No había pilares puesto que no había techo: cuando mirabas arriba todo era negro. No había ventanas, se preguntó entonces qué habría tras las paredes, delicadamente ornamentadas con florituras y adornos imposibles, finos, dignos del palacio del más rico de los reyes. A ambos lados de la alfombra había bancos de madera orientados hacia el fondo de la sala, como en una iglesia.
Y ahí, tras la infinita hilera de bancos (la cual estaba vacía, al menos en esa ocasión), se hallaba el gran trono. Era un sillón colosal, revestido de terciopelo del mismo color que la alfombra. Los reposabrazos y el diseño de la espalda eran de oro puro y brillante que hacía daño al mirarlo. Detrás del trono crepitaba un fuego rojo, infinito: el fuego divino. Y en la parte derecha, entre el sillón y las llamas, había una puerta. Una puerta de plata que resaltaba enormemente en la lúgubre pared.
Comenzó a imaginarse su final y suspiró. Tantos juicios habidos y por haber en aquello que llamaban Tierra, en el mundo finito, que no tuvieron trascendencia alguna... Al final, solamente este valía. El último. El que iba a decidir su eternidad. Pensó que era muy triste que alguien tuviera que decidir eso en vez de su conciencia, y entonces ocurrió.
Apareció. Así, de repente.
No era un señor con barba blanca como se imaginaba la gente. En realidad... No era nada. Estaba ahí, pero no estaba. Sintió que lo respiraba y que llenaba con él todo su ser, sintió que lo acariciaba con cada cabello y cada milímetro de su piel... Y se estremeció violentamente. Nadie hablaba y sin embargo lo comprendía todo. Sentía cómo caía un peso tras otro en su alma a cada pecado cristiano que el Señor iba anunciando. Iba pesando cada vez más, y más, hasta que se desplomó sobre la alfombra. Cuando Dios vio esto, se sonrió y siguió. Y cuando hubo terminado, recogió un despojo de alma marchita del suelo de su purgatorio y lo arrojó al fuego divino.
"Kyrie ignis divine eleison."
------------------------------------------------------------------------------------------------------
Dedicado a Miguel, por hacerme creer en aquel Fuego Divino, ya extinguido, pero que espero realmente se vuelva a encender algún día.
Y ahí, tras la infinita hilera de bancos (la cual estaba vacía, al menos en esa ocasión), se hallaba el gran trono. Era un sillón colosal, revestido de terciopelo del mismo color que la alfombra. Los reposabrazos y el diseño de la espalda eran de oro puro y brillante que hacía daño al mirarlo. Detrás del trono crepitaba un fuego rojo, infinito: el fuego divino. Y en la parte derecha, entre el sillón y las llamas, había una puerta. Una puerta de plata que resaltaba enormemente en la lúgubre pared.
Comenzó a imaginarse su final y suspiró. Tantos juicios habidos y por haber en aquello que llamaban Tierra, en el mundo finito, que no tuvieron trascendencia alguna... Al final, solamente este valía. El último. El que iba a decidir su eternidad. Pensó que era muy triste que alguien tuviera que decidir eso en vez de su conciencia, y entonces ocurrió.
Apareció. Así, de repente.
No era un señor con barba blanca como se imaginaba la gente. En realidad... No era nada. Estaba ahí, pero no estaba. Sintió que lo respiraba y que llenaba con él todo su ser, sintió que lo acariciaba con cada cabello y cada milímetro de su piel... Y se estremeció violentamente. Nadie hablaba y sin embargo lo comprendía todo. Sentía cómo caía un peso tras otro en su alma a cada pecado cristiano que el Señor iba anunciando. Iba pesando cada vez más, y más, hasta que se desplomó sobre la alfombra. Cuando Dios vio esto, se sonrió y siguió. Y cuando hubo terminado, recogió un despojo de alma marchita del suelo de su purgatorio y lo arrojó al fuego divino.
"Kyrie ignis divine eleison."
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Dedicado a Miguel, por hacerme creer en aquel Fuego Divino, ya extinguido, pero que espero realmente se vuelva a encender algún día.
lunes, 27 de enero de 2014
#12
Quiso seguir mirándole a los ojos, pero le parecieron tan inmensos como dos mares y tuvo que apartar la mirada.
miércoles, 22 de enero de 2014
#11
Y volvió de nuevo el torrente de pensamientos. Otra vez vino él a hacer una visita. Se repetía una y otra vez su rostro en la imagen de la conciencia, y ella gemía para sus adentros, cada vez con más lástima. Llevaba toda la mañana intentando apartarlo, despegarlo, evitarlo. Pero intentaba evitar lo que inevitablemente es inevitable.
Y quería decírselo todo. Quería enfrentarse a él de nuevo, como la noche anterior, gritarle y chillarle que no quería quedarse sin él. Que iba a doler mucho, que no podría soportarlo. Había incluso llegado a protegerlo, dentro en su mundo interior. Se quedaba por la noche, dormida, esperando sus respuestas. Se sonrojaba cuando la llamaba de aquella forma... Y nadie, ni siquiera aquel monstruo de ojos azules, podría acabar con eso.
Quería llegar, y explicarle...
Y quería decírselo todo. Quería enfrentarse a él de nuevo, como la noche anterior, gritarle y chillarle que no quería quedarse sin él. Que iba a doler mucho, que no podría soportarlo. Había incluso llegado a protegerlo, dentro en su mundo interior. Se quedaba por la noche, dormida, esperando sus respuestas. Se sonrojaba cuando la llamaba de aquella forma... Y nadie, ni siquiera aquel monstruo de ojos azules, podría acabar con eso.
Quería llegar, y explicarle...
domingo, 19 de enero de 2014
#10
No es lo mismo ver la vida a través de una ventana cerrada que a través de una ventana abierta. Yo veo mi vida muy sucia, borrosa, así que me esmero en limpiar el cristal todos los días para ver con claridad lo que hay fuera. Porque, sí, mi ventana está cerrada. Con llave. La tuya está abierta. Tú no tienes que preocuparte de limpiarla, qué facilidad; vives bien, nena. Aprovecha y escucha a los pájaros cantar, los niños jugar y a las parejas amarse, con toda claridad. Yo me conformaré con el silencio...
(Escrito en el año 2008)
(Escrito en el año 2008)
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