Esperaba su sentencia de rodillas en la alfombra. Siempre se había preguntado qué era el purgatorio y ahora por fin podía ponerle imagen. Se trataba de una sala rectangular muy, muy grande. En el centro había una alfombra rojo bermellón ribeteada con encajes de oro de las formas más bellas que uno nunca podría imaginar. No había pilares puesto que no había techo: cuando mirabas arriba todo era negro. No había ventanas, se preguntó entonces qué habría tras las paredes, delicadamente ornamentadas con florituras y adornos imposibles, finos, dignos del palacio del más rico de los reyes. A ambos lados de la alfombra había bancos de madera orientados hacia el fondo de la sala, como en una iglesia.
Y ahí, tras la infinita hilera de bancos (la cual estaba vacía, al menos en esa ocasión), se hallaba el gran trono. Era un sillón colosal, revestido de terciopelo del mismo color que la alfombra. Los reposabrazos y el diseño de la espalda eran de oro puro y brillante que hacía daño al mirarlo. Detrás del trono crepitaba un fuego rojo, infinito: el fuego divino. Y en la parte derecha, entre el sillón y las llamas, había una puerta. Una puerta de plata que resaltaba enormemente en la lúgubre pared.
Comenzó a imaginarse su final y suspiró. Tantos juicios habidos y por haber en aquello que llamaban Tierra, en el mundo finito, que no tuvieron trascendencia alguna... Al final, solamente este valía. El último. El que iba a decidir su eternidad. Pensó que era muy triste que alguien tuviera que decidir eso en vez de su conciencia, y entonces ocurrió.
Apareció. Así, de repente.
No era un señor con barba blanca como se imaginaba la gente. En realidad... No era nada. Estaba ahí, pero no estaba. Sintió que lo respiraba y que llenaba con él todo su ser, sintió que lo acariciaba con cada cabello y cada milímetro de su piel... Y se estremeció violentamente. Nadie hablaba y sin embargo lo comprendía todo. Sentía cómo caía un peso tras otro en su alma a cada pecado cristiano que el Señor iba anunciando. Iba pesando cada vez más, y más, hasta que se desplomó sobre la alfombra. Cuando Dios vio esto, se sonrió y siguió. Y cuando hubo terminado, recogió un despojo de alma marchita del suelo de su purgatorio y lo arrojó al fuego divino.
"Kyrie ignis divine eleison."
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Dedicado a Miguel, por hacerme creer en aquel Fuego Divino, ya extinguido, pero que espero realmente se vuelva a encender algún día.
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