viernes, 6 de noviembre de 2015

Besos

¿Recuerdas esos besos tuyos? De los de…
- Oye, ¿me das un beso?
Y tú te aproximabas e intentabas dármelo, pero yo me apartaba y te decía, mirándote a los ojos:
- No. Quiero un beso de los tuyos, no un beso normal.
Entonces te volvías a acercar, pero mucho más despacio, cerrando poco a poco los ojos, agarrándome con suavidad… Y dejabas que te respirase, que te sintiese, hasta que tus labios rozaban los míos con tanta ternura…
Eran los momentos más mágicos con los que nunca más he podido volver a soñar. Esos besos que, ¿te acuerdas?, apenas rozaban mis labios. Solo lo mínimo para enamorarme. Y sin embargo, para mí, eran los mejores besos que nadie me podía dar. 
Y que nadie podrá jamás.

domingo, 1 de noviembre de 2015

#49

Todo el mundo encuentra su sitio. Ya sea aquí, mañana, dentro de un año, de dos, una década. O ayer, y no te diste cuenta. Todos estamos perdidos, hasta que de repente alguien nos encuentra. Y después de darle las gracias ese alguien puede decir que también lo han encontrado, que ya no está solo. Igual que tú.

Encuentra tu camino y síguelo. Ningún paraje de este mundo está nunca desierto: siempre hay alguien lamentándose, sonriendo, llorando, saltando de alegría o simplemente detenido mirando las estrellas; pero siempre, en cada valle, en cada montaña o cada pantano siempre hay alguien esperándote. Quizá un simple “hola”, una conversación monótona… O no. Quizá se atreva a decirte que está buscando a alguien él también, y que ha llegado a parar a este camino después de haber elegido muchos otros, como en un laberinto.

Si ya has encontrado alguien antes en ese callejón, que es la vida, seguro que encuentras a alguien más. Porque las decisiones que tú estás tomando, todo lo que estás viviendo, ya se ha vivido antes. Tú solo lo estás repitiendo. Y quien quiera que ya lo haya vivido, que se haya quedado atascado en alguna esquina, en algún valle, montaña, pantano, está esperando que la persona que haya cogido exactamente su mismo camino, vaya allí y le tienda una mano.

sábado, 24 de octubre de 2015

#48

¿Nunca te han dicho
que tus ojos dibujan océanos
en las bocas de aquellos
que ansían ver el mar?

¿Que la brisa de tus manos
es capaz de asesinar la oscuridad a cosquillas
y que el ruido de tu risa
solo es comparable
al de los suspiros de tu corazón?

¿Que en tu pecho se han librado
mil batallas,
en las que solo tú salías victorioso
y te declarabas culpable
a los labios que pedían de ti?

¿Tampoco te han mencionado
que tus caricias poseen la habilidad
de acelerar el tiempo
y los pasos que dejas atrás,
de hacer ver pasar 
una eternidad?

Y que, por último,
el rastro de tus labios 
ha dejado una reguera de mil lágrimas;
una por cada batalla perdida,
de mi corazón que sabía
que nunca más ibas a volver...

martes, 13 de octubre de 2015

#47

Estoy ahora mismo en esos días en los que se me cae el sol porque tú ya no lo estás sujetando por mí. Cuando tu luna ya no me sonríe al mirar por la ventana y las sábanas deciden dejar de abrazarme para siempre.

Y sigues ahí, viviendo tímidamente dentro de mí, ya no como huésped sino como parásito que no paga su parte para quedarse un trozo de corazón.

El recuerdo de los paseos, las caricias, los achuchones, las comidas, las noches, los buenos días, las risas, los empujones, los rubores, los besos, tus ojos, tus brazos, tus labios... Todo lo tengo guardado en esa parte de mi pecho que has decidido seguir ocupando sin permiso alguno aun después de haberte marchado.

Y es que me intento dar la vuelta para no mirarte nunca más, pero el vuelo de mi falda está aún entre tus dedos y no me deja marchar. En lugar de eso, desaparezco entre las llamas que me consumen día tras día, para que solo puedas ver mis cenizas.

Ojalá fuese un ave fénix, pero este es el fin de mi principio,
mi principio del fin.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Corazón agrietado, sonrisa vacía


Cuando tienes el corazón agrietado
no confías en nadie.
Ya no buscas cumplidos
ni miradas por la calle.
No piensas en los mimos sin dar,
o las caricias que faltaron,
los besos que recorrieron su cuerpo
como las ruedas el asfalto.

Te sobran pensamientos
que desearías tener olvidados.
Las voces que escuchas no tienen timbre,
tampoco los hilos rojos que las unen.

Tus manos siempre están frías
pero tu boca aún suspira,
intentando devolver vida
a una sonrisa ya vacía.

Corazón, escúchate latir

Todo parecía correcto. Una mano, fría, en el bolsillo; la otra, templada, notaba el tacto de una fuente de calor externa que suave y delicada servía de estímulo a los ojos. Parecían contentos de lo que veían, y se lo contaron al corazón. Éste, ciego, se creía absolutamente cada detalle que además era corroborado por los oídos, quienes afirmaron no haber escuchado nada igual desde aquel Debussy.

Pasó el tiempo y el corazón fue creciendo. Conoció un par de ojos nuevos que le enseñaron parajes y lugares con los que jamás habría soñado. Comenzó a sentir en su propio tejido las caricias que recibía la piel. Increíblemente contento, pedía más y más hasta que entró en un estado de plenitud y calma burbujeantes.

Sin embargo, un día, algo perturbó su trance: comenzó a sentir unas voces provenientes de algún rincón del ventrículo izquierdo: era el cerebro intentando alertar de un posible fallo en el sistema. Decidió ignorarlo, aquel órgano era demasiado pesado con todas esas variables, estudios y cálculos que no le habían servido nunca de nada. Él lo sentía todo, ¿por qué iba a romperse algo si él estaba en paz, tranquilo y feliz?

Había vivido tanto,
y aún quedaba tanto por descubrir...

Y entonces, tan repentino como un relámpago, notó cómo perdía la conexión con las manos y las mejillas, que se volvieron frías por el clima exterior, y toda la piel sufrió un escalofrío. En los ojos hubo un cortocircuito por inundación. Lo debieron haber causado los oídos, que no respondían. Confuso, no veía u oía nada...

... Y se asustó.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, los ojos que le habían enseñado tanto desaparecieron sin dejar rastro. ¿Dónde se habrían metido? 
El corazón los llamó.
Fuerte.
Suplicó.
Lloró.
Y del esfuerzo, se cayó y se rompió, pero eso no lo detuvo.
Siguió gritando.
Estaba todo tan oscuro... ¿Habría alguien ahí?
Se sentía tan solo.
¿Ojos? ¿oídos? ¿hola? Nadie lo veía, nadie lo escuchaba, nadie lo recogía.

Estuvo pidiendo ayuda durante mucho tiempo, hasta que cogió aire por última vez, exhausto.
Y dejó de latir.
Y se dejó morir.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

#46

Tendrías que haber mirado sus vacíos ojos avellana, y te hubieras dado cuenta, quizá, de que esa mujer ha vencido más veces al miedo que notas musicales ha tocado un piano.

Que no se quiebra.
Que no muere.
Que cada día que pasa se hace más fuerte, más pesada, más liviana.
Más ella y más todas,
madre e hija,
fruto y semilla.
Que la ven por la calle y le gritan ¡puta!, pero cada gemido que ella arranca supone un kilo de comida para su hija.

Que lucha, que no se rinde.
Que llega a casa y de todo le piden.
No mira atrás, no duda,
aunque a veces piense que necesita ayuda.
Su hija es su vida, y si no estuviera ella,
preferiría estar debajo de un puente
a abrirse de piernas en un bar repleto de mala gente.