Tendrías que haber mirado sus vacíos ojos avellana, y te hubieras dado cuenta, quizá, de que esa mujer ha vencido más veces al miedo que notas musicales ha tocado un piano.
Que no se quiebra.
Que no muere.
Que cada día que pasa se hace más fuerte, más pesada, más liviana.
Más ella y más todas,
madre e hija,
fruto y semilla.
Que la ven por la calle y le gritan ¡puta!, pero cada gemido que ella arranca supone un kilo de comida para su hija.
Que lucha, que no se rinde.
Que llega a casa y de todo le piden.
No mira atrás, no duda,
aunque a veces piense que necesita ayuda.
Su hija es su vida, y si no estuviera ella,
preferiría estar debajo de un puente
a abrirse de piernas en un bar repleto de mala gente.
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