¿Sabéis ese tipo de vacío inmenso que se agarra al pecho cuando alguien decide marcharse de tu día a día?
Esa caída infinita a la incertidumbre que no te lleva a ninguna parte.
El vacío no es oscuridad: no es nada. No puedes ver nada, ni oler nada, ni tocar nada. Solo descender en picado indefinidamente.
Esperar.
A que, bueno, quizá alguien entre en tu vacío y apoye las manos para que puedas caminar sobre ellas, y dejar de caer. Que te mire a los ojos y cuente la cantidad de horas que se pasaría observándote caminar. Que te susurre el deseo que tiene de abrazar tu cuerpo contra el suyo, contra el tiempo...
Esperar.
Un par de eternidades a que, bueno, alguien venga a rescatarte.
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