miércoles, 20 de agosto de 2014

#23

- Para que nunca mueras -le dijo alguien cuando era pequeño- alguien ha de escribir tu historia. Para que existas, alguien ha de pensarte, puesto que si nadie nunca te hubiera imaginado, no podrías estar existiendo en la mente del hombre.
No se lo tomó a broma, y comenzó a escribir. Dedicó toda su solitaria vida, desde aquel momento, a escribir historias en las que las protagonistas eran bellas damas, frágiles niños pequeños o héroes de guerra, imaginando las tramas en su mente, así, las haría reales. Y las pocas veces que salía de su casa escrutaba cada cara desconocida que veía por la calle, para comprobar si había nacido una de sus damas, sus niños, o sus curtidos hombres fuertes.
Pero no.
Nunca vio nada parecido a lo que escribía.
Vivía absorto en sus historias, no conocía a nadie ni lo necesitaba para vivir. Vivía por y para dar vida.
Faltaba cuero en casa para forrar sus libros, faltaban estanterías para ponerlos, sobraba polvo encima de ellos. Pero por más que escribía dando vida con sus dedos a esos seres, no traspasaban el papel.
Así terminó todo.
El hombre, al haber comprobado que todo por lo que había luchado durante toda su vida había sido en vano, firmó su último libro y se suicidó, viejo y solo, con la única compañía a su alrededor de su tinta, su pluma y sus letras.
Un viejo vagabundo que notó el olor que desprendía la casa una noche, alertó a la policía. Al viejo se le enterró debidamente, y fue entonces cuando toda su obra salió a la luz pública.
Los libros estaban maravillosamente escritos. Salieron en la portada de los periódicos y revistas más conocidos en el país.
Mientras tanto, el escritor lo miraba todo desde arriba. Miraba cómo la gente se volvía adicta a sus libros, cómo después de terminar uno corrían a la tienda a pedir otro. Lo exigían. Los medios de comunicación comenzaron a llamar sus libros "la droga de la lectura". Y él no lo entendía. Les gritaba que esa no fue su intención, que no bastaba con leer, que había que ver nacer a esas personas... Pero desde ahí arriba, nadie lo escuchaba.
Entonces ocurrió.
El éxito de sus libros ya era mundial. Se conocían en todas partes. Se llegó a abrir un museo para exponer los ejemplares originales. El viejo estaba desesperado, cuando levantó la vista en la soledad de la muerte... Y ahí estaban. Todas sus princesas, sus damas y sus príncipes, sus aventurados niños, las brujas y los magos, los valientes luchadores y los que no lo eran tanto. Ahí estaban, sonriendo y mirándole con infinita ternura y amor.
Detrás de ellos, una masa amorfa y translúcida se moldeaba para hacer otro personaje más, que una vez terminado se volvió sólido, parecido a una persona normal.
Y lo entendió.
Entendió que a medida que sus libros se iban leyendo, los lectores se imaginaban la historia, con sus personajes, y los iban creando poco a poco en sus mentes. Los pensamientos de una persona podían no ser fuertes, pero los de millones de personas, sí lo eran. Entonces aparecían ahí, con él. Comenzó a reírse y a abrazarlos a todos.
Porque los había imaginado, pensado y escrito. Porque, si él los había engendrado, eran sus hijos.

#22

La vida es una búsqueda constante. Buscamos las formas de tener éxito en ella, buscamos lo que más nos conviene, buscamos las llaves y el monedero en el bolso, a una persona por la calle, nuestro programa favorito en la televisión, el amor verdadero, unas monedas para pagar un refresco… Buscamos trabajo, buscamos la felicidad material, nos buscamos a nosotros mismos en la búsqueda de la verdad, y en última instancia, buscamos los porqués de nuestra búsqueda y quizá eso sea lo único que no hemos aprendido a encontrar.

lunes, 18 de agosto de 2014

#21

Daba vueltas en la cama. Intentaba dormir de lado, hacia arriba, o abrazando la almohada hacia abajo, y todo, porque no podía dejar de pensar en lo ocurrido esa noche.
- Sal de mi cabeza, ahora, ya. -suspiraba, mirando con los ojos abiertos como platos hacia la pared, perdida en sus pensamientos. Recordando. Se rezaba a sí misma para no olvidar ni un solo momento, para dejarlos marcados en su piel con fuego ardiente y poder recordarlos durante mucho tiempo. Finalmente, sabiendo que por mucho que los pensara no iban a volver para arroparla, se obligó a sí misma a caer en los brazos del sueño.

A la mañana siguiente, al abrir los ojos, exhaló un dulce suspiro. Si había soñado, no lo recordaba. Su mente volvió a la noche anterior. ¿Qué había sido? Estaba tan confundida... Si había alguna cosa que odiaba enormemente, era no poder saber lo que piensan las personas en determinados momentos. ¿Qué habría pensado él? Seguramente no había sido nada, unos juegos para saciar el hambre que sienten dos personas solas... Por el momento, había que dejarlo pasar. El sabio tiempo lo cura y lo arregla todo, es el mejor remedio para cualquier enfermedad, sobre todo esa. Se levantó y fue al baño caminando entre dudas. Se quedó varios minutos mirándose al espejo con expresión indescifrable, pensativa y sombría. Mientras se cepillaba el pelo podía aún percibir cierto rastro del olor de anoche en él. Sonrió y se lo recogió en una coleta sencilla, que le caía sobre el hombro. Divagó en recuerdos durante unos segundos y, cuando volvió a la realidad, regresó a su habitación y agarró un libro. Mirando fijamente la cubierta, pensó que mantendría a su retorcida mente ocupada durante al menos unos minutos, y devoró las páginas.

Lo que ella sabía, pero no quería aceptar, era que ya lo había despertado. Ahora tenía que mantener la calma, actuar despacio, poco a poco, para que nadie notara que, desgraciadamente, había vuelto a caer en esa droga.
Y quería mantenerla viva por todo el tiempo que pudiese, porque la había echado mucho de menos. 
Y rezaba al sabio tiempo para que moviese los hilos a su favor, o al menos, que no la volviera a atravesar con ellos de la misma forma que la última vez.

domingo, 22 de junio de 2014

Orianna IV

Lane se dejó caer en la cama. Acababa de llegar de un partido de baloncesto con la gente del instituto, y estaba exhausta. En cuanto la oyó llegar, Orianna, que estaba de espaldas a la ventana abierta recargando su batería solar, levantó la mirada.
- Lane.
- Hola, chica. ¿Qué tal estás? -se incorporó para mirarla.
El robot suspiró, y respondió:
- Estoy preocupada.
- ¿Y eso? ¿Por qué?
- Lane... ¿Tú sabes quién soy yo?
- ¿A qué viene esa pregunta ahora? -rió la muchacha- ¿Es que tú no lo sabes? ¿No sabes quién eres?
- No. -Orianna parecía reflexionar. Se dio la vuelta y señaló a una niña pequeña que cruzaba la carretera en ese momento, de la mano de los que seguramente serían sus padres- ¿Por qué no soy esa persona?
Lane se quedó muda. El robot se había girado hacia ella, exigiendo una respuesta. Comenzó a elegir las palabras con las que explicarse poco a poco, tejiendo con ellas una red de tal forma que no hiriera sus sentimientos.
- Bueno... A ver, Orianna, te lo he dicho muchas veces. Principalmente, porque no eres una persona. Eres un robot -paró momentáneamente para examinar la expresión de su amiga, pero seguía siendo inmutable-. Después, porque tú eres tú y no eres otra persona. Mira, esto es algo difícil de entender -se levantó de la cama y apoyó los codos en el marco de la ventana-. Yo soy yo. Soy Lane, tú me conoces. Si fuera esa muchacha que hemos visto antes, ya no sería yo.
- ¿Por qué no? Si fueras ella, serías tú con otro cuerpo distinto.
- Orianna... ¿Me estás diciendo que mi alma, mi esencia sería la misma, pero en otro cuerpo distinto?
- Exactamente.
- ¿Ya has vuelto a hurgar en mis apuntes de filosofía?
- Sí, Lane, pero te lo estoy preguntando en serio.
- En ese caso, no lo sé. No sería yo, porque ¿sabes? Lo que hace a una persona es su cuerpo, su mente y su alma. Esas tres cosas juntas, o al menos eso creo yo. ¿Por qué piensas que los trasplantes de cerebro están totalmente prohibidos y penados por el Gobierno, a pesar de que se ha comprobado que en un 30% de los casos ambos individuos consiguen sobrevivir y llevar una vida totalmente normal? Porque no son ellos. Son mezcla de cuerpo y mente de dos personas totalmente distintas.
- ¿Y el alma?
- El alma... -Lane se sobresaltó y se dio la vuelta. Por primera vez en su vida sintió pena al mirar al robot- No sé lo que pasará con el alma, Orianna... El alma... Es algo distinto, ¿sabes?
Un soplo de aire de la ventana podría haber cortado en dos la tensión que había en el ambiente. Lane se preparaba para la pregunta que más había temido desde que nació Orianna. Sabía que el robot llevaba tiempo dándole vueltas y que no podría escapar de ese momento aunque quisiera. Los ojos de su amiga brillaban como el cielo más que nunca.
- Lane...  ¿Yo tengo alma?

viernes, 20 de junio de 2014

#20

Pensé que podrías recomponerlo. Pensé que podrías reunir todos los pedazos y, poco a poco, reconstruirlo. Pensé que podrías además ponerle un poco de aceite y hacer que funcionara como antes. Tic-tac. Tic-tac. Hacerlo sonar de nuevo con ese suave tañido que constituía la esencia de la felicidad. Pero creo... Creo que me he equivocado. Sigue estando roto. 
Y yo sigo sin encontrar los pedazos.
Y yo sigo sin encontrar la persona que los encuentre.

lunes, 9 de junio de 2014

El discurso de la Nada

- No. Yo no vivo aquí -suspira-. Donde yo vivo no hay nada. Donde yo estoy, cuando duermo, no hay nada. Yo vivo en la nada porque a partir de la nada puedo crear el mundo que yo quiera, como yo quiera, cuando quiera y en la circunstancia que desee. La gente no aprueba el lugar donde vivo. De hecho, piensan que ni siquiera existe. Solo yo sé si existe o no existe, y os puedo asegurar que es el mejor sitio en el que podríais estar jamás. La sociedad tiene un nombre para los habitantes que viven en la nada: locura. Cada uno vive su propia nada, siempre que quiera, por supuesto. ¿Que por qué he elegido vivir en la nada? -suspira lentamente- Porque considero que mi nada es el único mundo real donde yo verdaderamente me siento yo, donde yo verdaderamente soy yo, donde yo me siento a gusto. Donde puedo decir que soy dueña de todo lo que digo, hago, veo y siento. Porque sin embargo, en el mundo "físico" no soy dueña... De nada... De nada. 

Me inculcan unos ideales y sigo unas pautas de comportamiento desde pequeña, porque creen, mediante un acuerdo consensuado de la sociedad, que eso es lo mejor que pueden hacer... Con todos... Los seres... Humanos. Que no hay otra vía. Que no hay... Escape. Así que, desde hace mucho tiempo decidí que no iba a volver al mundo "físico". Nunca. Jamás. Y que viviría siempre, a partir de ese momento, a partir del momento en el que me di cuenta, en mi mundo de la nada particular -suspira-. Es realmente donde quiero estar. 

Consigo compaginar los dos mundos porque repito una y otra vez a mi mente: "lo que ves no es cierto... Lo que ves no es cierto..." Y la obligo a ver mi nada en el mundo físico. Cambio formas, colores... Adapto el mundo real a mi propio mundo, y así, queridos amigos, es como mi día a día se hace un poquito más llevadero, puesto que cada vez que hago algo que me obligan lo cambio por otra cosa que yo quiera hacer, pienso de otra forma... Me vuelvo loca. Me invade esta locura... Y solamente así, viviendo de esta forma, con mi locura... Consigo ser feliz.

miércoles, 28 de mayo de 2014

#19

- Mira ¿y esto? -me quedé un momento callada con los labios posados en el micrófono, y mandé a mi personaje recoger el pergamino que estaba tirado en el suelo. La cueva era tan oscura que no sabía si en él había algo escrito, así que levanté la mirada para localizar a mi compañero, que tenía la antorcha.
- ¿Qué es? -me preguntó, a lo lejos.
- Es una nota... No leo lo que pone, ¿puedes acercar la luz?
En seguida vino corriendo, y le tendí la nota. Comenzó a leerla:


"Y ¿qué nos queda de aquello que un día fue y ya no ha vuelto más a ser? Aquí, con cada uno, solo queda la experiencia.
La experiencia que repta por las paredes de la consciencia, atenta, abstracta, invisible, caótica, que nos muerde y nos acecha en cada brisa de nuestra vida.
Puesto, ¿qué nos queda de aquello que es y que algún día ya no será nunca más? Aquí, con cada uno, solo queda la experiencia.
La experiencia que aprende de los libros del tiempo, lenta pero inexorablemente, gólem de cristal y acero, que se cae, se rompe, pero nunca del todo. Una de esas cartas que se guardan bajo llave en los baúles raídos del alma.
Entonces, ¿qué nos quedará de aquello que será y nunca dejará de ser? Aquí, con cada uno solo queda..."

Y en ese momento paró de leer. Yo no había entendido muy bien lo que decía el texto, pero sabía que necesitaba saber el final de esa última frase, y me quedé mirando a mi compañero sin comprender, hasta que él resbaló la mirada hacia mí con una expresión vacía. Lo único que pudo decir fue:
- Lo que continúa es totalmente ilegible...