Fue a recoger sus armas y salió a la terraza. Era bastante amplia. El suelo de piedra rugosa y los bancos de madera le daban un aire bastante relajado. En las paredes había macetas colgadas, con helechos y aloes, y de los respaldos de los bancos salían unas bonitas enredaderas, que se besaban entre ellas intentando trepar. Al fondo del todo había tres troncos robustos, pegados al suelo. Los dos de la izquierda tenían marcas hendidas, probablemente del hacha de Olaf. El de la derecha presentaba unas rayas más finas y cuidadas, y Akali supuso que serían de la espada de Yi. En el centro de la terraza y alrededor de una manta circular todavía reposaban los restos del incienso que utilizaba el Maestro para encontrar lo que él llamaba “paz interior”. Akali no creía en eso, había nacido entre guerras y hambre, entre continuos gritos y nerviosismo absoluto. Por lo tanto, cualquier tipo de paz para ella no existía. Sacó las armas de sus fundas, que tiró al suelo, y comenzó a rajar desesperadamente la corteza del tronco del medio, continuando las hendiduras que había hecho Olaf.
En la entrada de la terraza la miraba Taric con expresión triste. El tema de Shen había sido un mazazo para ella, pero era uno de sus mejores amigos, y sabía que era lo mejor para él. Su relación con Akali era bastante complicada, todo el mundo se lo advertía una y otra vez, pero la perseverancia de la joven parecía no tener límites.
- Al final te harás daño –murmuró. La chica vaciló un momento, antes de continuar con el “entrenamiento”, aún con más fuerza y furia-. Te harás daño, y comprenderás que no sirve de nada.
- Parece que no me conoces –Akali estaba muy molesta. Taric lo notó y suspiró, entrando en la terraza, y sentándose en uno de los bancos de madera, que crujió levemente- ¿Qué tiene ella que no tenga yo? –preguntó la ninja, antes de arremeter de nuevo contra el tronco, que amenazaba con derribarse.
A eso, Taric no supo qué responder. No creía tener la confianza suficiente con la muchacha como para decirle que Luxanna era más alta, guapa y bastante más sabia que ella. Además, futura reina de Demacia, desde el asesinato de Jarvan IV.
Al percibir el silencio sepulcral de su amigo, suspiró. Dejó caer sus armas al suelo y se sentó, apoyando la espalda en el tronco y abrazándose las piernas. Enterró parte de su rostro en ellas, mirando de reojo un caracol que en ese momento pasaba lentamente por su izquierda. Taric seguía mirándola, pensando qué decir, y ninguno de ellos escuchó entrar a Yi, descalzo y con el pelo suelto, recién salido de la ducha.
- Ahí va, me he vuelto a dejar esto aquí, espero que no os haya molestado mucho el olor… Akali, ¿te encuentras mal?
La muchacha no se movió. Se limitaba a mirar el caracol, y a pensar en Shen.
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