“Hace mucho tiempo, tenía un amigo. Era bastante raro. Comprendía a las chicas tan bien como nos comprendemos nosotras mismas. Era muy cariñoso. Pasaba todos los recreos conmigo, su mejor amiga. Papá y Mamá decían que lo tratásemos bien, que no había llegado al mundo como los demás. Les pregunté varias veces por qué, pero nunca me respondieron.
Un buen día (tan bueno como que era Sábado), por la mañana, me levanté, me duché, me vestí y mientras cogía los Corn Flakes, llamaron al timbre. Era la vecina Kisuke Okanawa. Salté de la silla para saludarla, pero Mamá me cerró la puerta de la cocina. Terminé los cereales y, como buena hija, escuché detrás de la puerta. Se oía todo muy débilmente; agucé el oído y pude escuchar mejor.
- ... Y creo que son tus hijas –decía la voz de la vecina.
- No son mis hijas –se defendía Mamá.
Entonces empezaron a susurrar, y yo no pude oír nada más. Cuando se oyó la puerta de la calle, salí de la cocina y abracé a mi madre, preguntándole que había dicho la vecina. Ella dijo que me sentara. Me senté, y ella comenzó a hablar.
- A ver, Kitsune... Ya te he dicho unas cuantas veces –se refería a unas mil y pico- que debéis tratar bien a Kenyaro, ¿no? ¿Quieres saber por qué, hija?
Los ojos rasgados de Mamá me miraban seriamente, así que me limité a asentir.
- En realidad –prosiguió Mamá-, Kenyaro no es un chico.
La boca se me abrió de tal forma que me dolió al cerrarla.
- Es una chica, como vosotras... Pero –continuó rápidamente, al darse cuenta de que yo iba a replicar-, Dios se equivocó al darle el aspecto físico. ¿Me entiendes, Kitsune?
Volví a asentir. Todo encajaba perfectamente, como las piezas de un puzle. Su comportamiento, razonamiento y maneras de jugar.
- Pero Mamá –me atreví a susurrar después de un largo e incómodo silencio- ¿Para qué ha venido la señora Okanawa?
- Ha venido a decirme que están pegando a su hijo. ¿Sois vosotras, tu hermana y tú las que...?
- ¡No! –grité rotundamente- ¡Sakura no lo sé, pero yo no! Quiero muchísimo a Kenyaro, creí que lo sabías. Es mi mejor amigo, para toda la vida.
- De acuerdo.
- Me voy a visitar a la señora Okanawa. Quiero ver a Kenyaro.
- Kitsune...
Llamé a la puerta. Me abrió él. Estaba hecho un trasto, como dice la Abuela. Tenía el ojo izquierdo hinchado como una nuez, el labio partido y un moratón en la mejilla. Corrí a abrazarle. Él aceptó y me abrazó. Creo que, en ese momento, sonrió. Me acariciaba el pelo con una mano, como solía hacer cuando nos abrazábamos, y con la otra me rodeaba la cintura. Me apresuré a preguntarle cómo estaba.
- Bien –respondió-. mejor que antes.
- ¿Cuándo te ha pasado? No me enteré.
- Cuando salía de la iglesia. Un grupito de jóvenes me rodearon.
- Lo siento, Kenyaro.
- ¿Pasas, criatura? –tenía la manía de llamarme criatura, le gustaba. Y eso que éramos de la misma edad.
- No, lo siento. Le dije a mi madre que sólo vendría a verte.
- Pasa, hombre.
Kenyaro tiró de mí. Y entré en su casa. Me encantaba ese aroma. Me aferré a su brazo, mientras subíamos las escaleras. Sentí como mi contacto le tranquilizaba. Es lo que tienen los amigos. Entramos a su fantástica habitación. Tenía el escritorio repleto de discos de Nightmare. Le encantaba Nightmare. Me hizo sentar en su cama, en ésa cama tan mullida. Las paredes las adornaba con pósters de grupos musicales que sólo él conocía.
En el famoso rincón del armario guardaba la guitarra. Él mismo componía sus canciones. Amaba la música. Yo toco piano, y por eso nos llevábamos tan bien. Sonrió. Sonreí. Me tumbé en su cama y cerré los ojos, respirando profundamente y notando su mirada en mis párpados, antes de preguntarle:
- ¿Por qué tu madre cree que nosotras te pegamos? Es decir, mi hermana y yo.
- Porque sois las únicas que sabéis, aparte de ella, claro; que voy a la iglesia a ensayar los viernes. No es un buen razonamiento, Kitsune, lo sé.
Kenyaro se sentó en su mesa.
- Kenyaro... –comencé con una voz apagada, temblorosa- Dice mi madre que eres una chica. Por dentro.
Kenyaro me miró fijamente, se le aflojaron las manos y se cayó de la mesa. Di un salto en la cama y le ayudé a levantarse.
- Bueno... Creo que es cierto. Nunca me he considerado un chico –sonrió, a su pesar-. Pero... No te lo he dicho nunca por miedo a que me llamases “bicho raro”, y no volvieras a hablarme.
Mi mano actuó por sí sola. Le dio un manotazo en la mejilla, que se le puso más roja de lo que ya estaba. No me arrepentí en absoluto. Él gimió, y me miró. Me acerqué y le puse la misma mano en la mejilla. Me miró con ojos muy tristes, y eso hizo que me encogiera de dolor, como si fuera yo la que estuviera sufriendo ese momento. Le abracé, enredando con mis manos su suave pelo. Kenyaro derramó un par de lágrimas por mi camisa. Las noté. Nos separamos, y nos miramos ambos a los ojos. Yo pedía perdón, pero no sentía lo ocurrido. Él me perdonaba.
- No vuelvas a decir eso ni en broma. ¿Me oyes? Te quiero... No sería capaz, ni mucho menos, de decirte semejante tontería.
- Lo siento... Tienes razón. Yo también te quiero. Kitsune...
- Dime –sonreí.
- Tenía pensado, ahora que ya lo sabes tú, decírselo a todos.
- ¡Muy bien!
- Pero... Necesito que me ayudes a ser chica pero no parecer homosexual.
- Te entiendo. De acuerdo.
- Gracias, criatura.
Nos volvimos a abrazar. Lo nuestro era una amistad profunda. Nos unía un grueso lazo de la amistad.
Ayudé a Kenyaro a ser una verdadera chica. Lo conseguimos, pero la parte más difícil fue que le respetaran como era. Todos se lo tomaban a broma. Pasábamos muchas tardes en mi casa, los dos en mi habitación. Hablábamos de todos los temas interesantes para las chicas, dejamos atrás el fútbol, y, sobretodo, le enseñé a querer a un hombre. Tuvo novios, sí. Kenyaro era muy especial. Ahora todos lo sabían. Y todos lo trataban como tal.”
- Muy bien, Kitsune. ¿Cómo se te ha ocurrido? –me dijo la profesora de Lengua.
- Consultando al señor Roca –respondí. Todos se rieron, con la señorita. Entonces, eché un vistazo al rincón derecho del fondo. Ahí estaba. Él me había inspirado. Sonreí a Kenyaro.
(Escrito a mediados del año 2009. Ganador de un primer premio en un concurso literario.)
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