martes, 8 de septiembre de 2015

#42

¿Sabéis ese tipo de vacío inmenso que se agarra al pecho cuando alguien decide marcharse de tu día a día?
Esa caída infinita a la incertidumbre que no te lleva a ninguna parte.
El vacío no es oscuridad: no es nada. No puedes ver nada, ni oler nada, ni tocar nada. Solo descender en picado indefinidamente.

Esperar.
A que, bueno, quizá alguien entre en tu vacío y apoye las manos para que puedas caminar sobre ellas, y dejar de caer. Que te mire a los ojos y cuente la cantidad de horas que se pasaría observándote caminar. Que te susurre el deseo que tiene de abrazar tu cuerpo contra el suyo, contra el tiempo...

Esperar. 
Un par de eternidades a que, bueno, alguien venga a rescatarte.

sábado, 22 de agosto de 2015

#41

Somos humanos.
Establecemos leyes,
construimos ideales,
cumplimos sueños,
pero hay algo que sin darnos cuenta
vamos tejiendo,
y son trenzas de hilo dorado.
Damos a alguien un extremo
mientras que por el otro seguimos hilando,
esos cordones infinitos de brillo metálico.

Nadie puede verlos,
y sin embargo nunca paramos de tejerlos.

jueves, 13 de agosto de 2015

Una cavidad vacía

Cuando me levanté al día siguiente, él seguía durmiendo a mi lado. La verdad: era un muchacho muy guapo, media melena morena y ojos café; su abdomen subía y bajaba lentamente. Me permití mirar su rostro suave durante unos segundos antes de levantarme con cuidado.
No sabía el "protocolo" que había que seguir en estos casos, así que me surgieron varias dudas una vez estuve de pie. ¿Podía usar el baño y comer algo mientras él estuviera dormido? ¿Tenía que esperarme a que despertara para despedirme de él, o era posible marcharme ya, sin decir nada? Opté por lo primero y entré al lavabo.
Cuando terminé, él estaba sentado en la cama con un libro en las manos.
- Buenos días -sonrió. "Qué imagen más bella", pensé.
- Eh... Buenos días -contesté, rascándome nerviosa el hombro izquierdo y evitando todo contacto con su mirada.
- ¿Qué tal, has dormido bien? -cerró el libro, dejándolo sobre la mesita de noche. Se levantó y me cogió las manos.
- Bien, de un tirón -me solté una para apartarme una mata de pelo rubio de la cara.
Silencio incómodo.
- Bueno, creo que debería irme -musité.
- ¿No te quedas? Ah... ¿Esto se acaba aquí?
- ¿El qué? -pregunté, nerviosa, aun sabiendo de antemano la respuesta.
Se acercó peligrosamente a mi oído, apartándome el pelo:
- Esto... -susurró, besándome el cuello con suavidad.
Puse mis manos sobre su pecho para apartarlo de mí.
- No... Yo... No, espera, no puede ser. ¿Qué quieres de mí?
- ¡A ti!
- Sí, pero... ¿Por qué?
- ¡Porque eres perfecta! ¿Por qué no consigues darte cuenta? Eres suave, inteligente, amable, cariñosa, divertida...
Pero yo ya no lo escuchaba.
- ¡Para! ¡No, basta! No puede ser...
- ¿Cómo? ¿Por qué no? ¿Qué me falta?
Incrédulo, se miró de arriba a abajo.
- Nada. Eres perfecto para mí -murmuré.
- ¿Cuál es el problema entonces?
Empezaba a desesperarse, y yo aún no había reunido las palabras adecuadas. Me iba a tomar por loca. Lo miré.
- No puedo quererte.
Como no dijo nada, continué.
- No tengo nada aquí dentro -me llevé una mano al pecho-, es una cavidad vacía. Se lo di a alguien, y no me lo ha devuelto. Si pudieras mirar dentro... Me entenderías.
- ¿Hace cuánto de eso ya?
- Mucho tiempo.
- ¿Y aún...?
Asentí. Me sentía como una mierda rechazando semejante proposición, de semejante persona. Yo misma era consciente de que no iba a encontrar a alguien mejor. Tan atento, tranquilo y paciente... Pero no me correspondía a mí esa decisión, sino a la persona que se había llevado mi corazón.
- ¿Te importa que me eche un poquito? No me encuentro muy bien.
- ¿Dejas que por lo menos cuide de ti?
- Claro... Lo siento...
Pero no me dejó terminar la frase, porque me besó los labios. Me cogió en brazos para acostarme otra vez, y me abrazó.
- Esperaré lo que haga falta -me susurró, dulce.
Conocía esa espera. Yo llevaba embarcada en ella ya dos años y unos meses.

¿Era que no iba a caducar nunca ese préstamo?

domingo, 12 de julio de 2015

#40

Te vas... Y tu sombra me deja un horrible agujero negro en el pecho. Aunque lo taparé con algo de ropa, es como la peste y se comerá mi cuerpo poco a poco. 

Mis ojos verdes dejarán de brillar buscando los tuyos y se teñirán de un profundo color gris; mis hombros, caídos, dejarán de servir de punto de apoyo a mis brazos, cansados de rodearte con ternura. Mis labios, tatuados con tu nombre, borrarán su dibujo en un horizonte infinito... Y mi mente, lejos de aquellos prados verdes a los que iba a soñar contigo, no saldrá de las cuatro paredes del mundo real.

El agujero nunca se cerrará, porque la sombra del tiempo compartido seguirá siempre conmigo.

lunes, 29 de junio de 2015

#39

Esto que os voy a contar es una historia real, y se remonta a mi vida entera. Quiero dedicarle este texto a la persona que sale en él... Aunque no la conozca.

Lo parezca o no, tengo dieciocho años. He nacido, criado y crecido en este pueblo minero. He visto ver nacer, criar y crecer a su gente, bueno, durante mi corto periodo de vida. Podría relataros historias de todas las personas que se han ido cruzando conmigo durante un tiempo determinado en su vida, que ya no he visto más, y sin embargo recuerdo, por ejemplo: aquel niño acompañado de su padre que me cruzaba todos los días yendo al instituto el año pasado; la dulce niña paseando su perro a las 7 de la mañana cuando yo salía de casa; el muchacho que sonreía mirándome llegar tarde; el flautista que iba antes que yo en mis clases de piano... Me cruzaba con todos ellos pero ya no me han visto más, y si me ven probablemente no se acuerden.

Sin embargo quiero hablar de alguien un poco más especial. Llevo toda mi vida viendo a una persona que nunca, jamás, me ha visto a mí. Es un hombre alto, moreno y de buen vestir, que va andando siempre con la cabeza bien alta y una mano posada en su gran perro negro. Con el paso de los años he ido advirtiendo en él las arrugas de la edad en su tiempo y en el de sus compañeros.

Recuerdo una de las primeras veces que lo vi. Recuerdo verlo sonreír, y haber sonreído con él. Mirarlo y morderme los labios, pensando "no me ve, no sabe que existo, pero yo sí lo sé". Recuerdo su pastor alemán, y las ganas que tenía de acercarme y preguntarle "disculpe, ¿cómo se llama su amigo?". En vez de eso, murmuraba un "hasta luego" apenas audible.

Más de tres veces lo he visto por la calle vendiendo cupones y he pensado en acercarme a él, a decirle "buenos días. Llevo viéndolo toda mi vida, pero usted no me conoce, así que pensé que sería el momento de presentarme." Pero nunca reuní el valor suficiente.

No sé su nombre, él no sabe de mí... Pero nos hemos visto varias veces.
Es una sensación un poco extraña.

Así que, desde aquí, buenas tardes, señor, espero seguir viéndolo por las calles de este pueblo minero durante mucho tiempo más.

jueves, 18 de junio de 2015

#38

Respira mi alma... ¿De qué color es?
¿Es suave, como la niebla
que pobla los blanquecinos
pueblos?
O,
¿es dulce, como las caricias
de los enamorados tras un rato
de amor?
O,
¿es tranquila, como el cielo
en el amanecer
de un nuevo día?
O,
¿es fría, como la
solitaria Luna
que pobla el cielo
de caricias nevadas?


lunes, 25 de mayo de 2015

#37

¿Sabéis cómo me siento yo?
Como el ángel entre los demonios,
como el sano en un mundo de ciegos,
el ímpetu del sol,
la tímida dulzura de la luna.

¿Sabéis cómo os sentís vosotros?
Creéis ser el demonio entre los ángeles,
el que ciega con la mirada en un mundo de color,
el calor abrasador del sol,
el desdén de la luna...