viernes, 16 de enero de 2015

#34

Ayer volví a verte después de tanto tiempo. Sigo con la pregunta en la boca: ¿por qué te marchaste?
Tanto el destino como el corazón son caprichosos, y yo ya no te quiero, ni aunque quisiera quererte.
Yo ya he encontrado por ahora, mi sitio en el mundo, ya lo comparto: hago feliz a alguien y ese alguien me hace feliz a mí. Sin embargo, aunque te diga todas estas palabras feas, sigo apreciándote mucho y sufriendo por tu partida, amigo.

viernes, 9 de enero de 2015

El Libro de las Magias: Historia IV

Lumia tenía un don especial para los niños pequeños. Le parecían tiernos y frágiles y los trataba como vasos de cristal de bohemia, delicadamente y con mucho cariño.
Por eso, solía ir al orfanato de la ciudad una vez a la semana a visitar a los que vivían allí. Jugaba con ellos, les contaba historias y, dependiendo de la cuidadora que estuviera ese día, los sacaba a dar una vuelta por las calles más próximas. Cuando los demás le preguntaban por qué no tenía ella un bebé, ya que tanto le gustaban los niños, miraba al cielo triste y murmuraba:
- Porque yo no poseo el don de engendrar vida.
Y no podía adoptar un niño del orfanato, pues se le crearía un vacío en el corazón al rechazar a todos los demás, que tanto la querían.

Una tarde, cuando llegó, entre tantos pisotones y manitas intentando abrazarla, vio a un niño de unos diez años que no había visto nunca, y extendió los brazos sonriendo:
- ¿Tú no me das un abrazo? ¡A ti no te conozco! ¿Cómo te llamas?
El muchachillo caminó hacia ella con desconfianza y la abrazó, uniéndose al resto de sus amigos.
- Ryno.
- Un placer conocerte, yo soy Lumia –sonrió, acariciándole el pelo.
Como todos los días que iba allí, Lumia durmió en el orfanato. Fue de habitación en habitación susurrando “buenas noches”, arropando y cerrando las puertas. Cuando llegó a la habitación del niño nuevo, se sentó en su cama. Él giró la cara hacia ella y murmuró:
- ¿Por qué estás aquí?
La joven Maga sonrió ampliamente.
- ¿Por qué estás tú aquí?
- Mis padres murieron en el incendio que hubo anteayer.
- Vaya, lo siento mucho –comenzó a acariciarle el pecho-. Yo vengo aquí de vez en cuando a veros a todos y a pasar una tarde con vosotros.
- Es extraño.
- ¿Y qué no es extraño estos días?
- Sabes hacer magia, ¿verdad? –cambió Ryno repentinamente de tema, y comenzó a mirarla con curiosidad. Ella reflexionó unos instantes antes de contestar.
- Sí, ¿cómo lo has sabido?
- He oído hablar de ti a los niños de aquí.
- Ah, claro. Bueno, sí, algo sé. ¿Quieres verlo?
- ¡Vale!
- Apaga la luz entonces.
Cuando el niño obedeció, Lumia conjuró una bola de luz en su mano y dejó que flotara en la habitación.
- La verdad es que la Magia es lo mejor que me ha pasado nunca. Sabes, así siempre podré ver, habrá luz esté donde esté.
- Vaya... ¿Puedo tocarla?
- ¡No, no! Te quemarías. Donde hay luz, hay calor.
- Entonces, ¿dónde hay oscuridad hace frío?
- No, una cosa no lleva a la otra.
Destruyó la luz y se volvieron a quedar a oscuras.
- ¿Ves? No hace frío.
- Vaya… ¿Los Magos Blancos no sabéis conjurar oscuridad también?
- Sí, pero eso es otra rama distinta. Un Mago Blanco puede ser Luz u Oscuridad, y yo elegí Luz. Para mí es mucho más reconfortante, además, de pequeña temía a la oscuridad, y ahora eso no pasará nunca más.
- Si yo fuera un Mago Blanco, elegiría Oscuridad y sería tu compañero de aventuras.
- Vaya… Gracias, Ryno. Deberías dormir, la señora de la casa me va a echar la bronca por mantenerte despierto –le dio un beso en la frente y se levantó de la cama-. Que descanses.
- Gracias, Lumia, espero verte pronto.
- ¡Muy pronto! –sonrió, y después de atravesar la puerta, cerró tras de sí.

sábado, 27 de diciembre de 2014

El Libro de las Magias: Historia III

Antes de la fundación de la Ley entre Magos y Humanos, era tremendamente difícil viajar en un tren con un etéreo.
Como todo el mundo sabe, tienen el poder de perturbar la mente de cualquier Mago concentrando sus poderes (debido a que es privilegiada en el sentido de Mutada, que acepta la Magia, que la crea y puede destruirla). Pues si aun así pueden superar esas barreras, imaginaos la facilidad que tenían para jugar con las mentes humanas.

Generalmente, viajar en el mismo tren que un etéreo significaba dos cosas: euforia y felicidad o tristeza y depresión. Esto, por supuesto, dependía del estado anímico del Mago en cuestión.

Por aquel entonces, la Ley estaba en sus comienzos, apenas existía. La única pega que ponía a un etéreo a la hora de viajar en tren era no juntarse con un Hermano suyo, porque si un etéreo prácticamente impedía la tranquilidad en el viaje, dos podrían incluso volver locas a las mentes más débiles.

Recuerdo perfectamente la noche del veintitrés. Yo viajaba hacia París desde Orléans en un tren rápido, cuando en la segunda parada entró uno de ellos. En cuanto pisó el tren, el ambiente bufaba tanto inquietud, pues se podían ver a los niños mirando a sus madres con desesperación, como hostilidad viva en los ojos de las mismas hacia aquellos que osaban molestar a sus hijos. Miradas de socorro y desprecio de los jóvenes se levantaban y caían olvidadas en los asientos, mientras los ancianos preferían rezar para que el Mago estuviera teniendo un buen día. Este miró vagamente a la gente del vagón y se sentó a mi lado.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes -le contesté, intentando esconder mi inquietud-, ¿a París?
- Así es -me sonrió-. Normalmente viajo en particular, pero mi compañero me ha fallado en el último momento y he tenido que coger el tren.
Levantó sutilmente la cabeza para observar de nuevo el vagón mientras comenzaba a moverse, acentuándose así aún más la longitud de su cuello. Se incorporó de nuevo a tiempo para no ver a una madre regañando a su hijo por mirar hacia él, aunque creo que lo sabía. Lo saben todo.
- ¿Negocios, familia, ocio?
- Familia. 
- Es una suerte que usted aún tenga -dijo secamente, y me apresuré a cambiar de tema para no dejar que recordara nada que pudiera entristecerlo.
- Antes de venir, en el telediario... -noté una presión extraña en la garganta, su presencia comenzaba a hacer efecto. Tosí- ... Decían que Alemania se ha retirado de las fronteras.
- Eso dicen. Dicen tantas cosas... -me miró preocupado- ¿Está usted bien? Lo siento mucho...
- No se preocupe, es algo que no puede controlar ¿verdad? -intenté sonreír cálidamente- Son nuestras emociones y nuestro estado de ánimo, es algo que casi comparten con nosotros, los aún humanos.
- Cierto es, pero usted no tiene culpa de que yo esté turbado por ciertos temas personales.
Tragué saliva, me estaba agobiando bastante. Tenía razón, pero nadie podía hacer nada por nadie. Había simplemente que esperar y aguantar. Me colocó una mano en el hombro.
- No importa, de verdad. No se sienta mal por ello, por favor.
En ese momento apareció una maga vegetal caminando entre los asientos, apoyándose en los respaldos con torpeza. Al verla comencé a sentir náuseas y aparté la vista. Lo que faltaba. A pesar de que la muchacha no era especialmente desagradable, era lo que, por la naturaleza de la magia, pensaba y sentía mi compañero hacia ella. Apoyé la cabeza en la ventana y cerré los ojos, deseando que pasara lo antes posible. Sin embargo la joven pareció querer quedarse, aun sabiendo que no era bienvenida.
- Buenas tardes, ¿a dónde van?
Abrí los ojos un momento para comprobar que, efectivamente, nos hablaba a nosotros. Para mi sorpresa, respondió el mago.
- A París.
Debió apartar la mirada porque me encontré mejor, me incorporé y volví a mirarla. Era una chica bastante joven, sus facciones, grotescas debido a su Mutación, no eran del todo desagradables y desprendía un extraño halo de confianza.
- Vaya, yo también -se sentó delante de nosotros, y empezó a hacerle carantoñas a un bebé que la miraba fascinado más adelante, comenzándose así a reír. La madre, más tranquila, sonreía.
- ¿Tiene asiento, señorita?
- Sí, es el 4C, creo que es justo este. ¿Me he equivocado? Como usted bien sabe, no poseo el sentido de la vista humano, no puedo ver números. He ido contando asientos.
El mago etéreo suspiró:
- Está sentada correctamente.
- Siento mucho las molestias que puedo estar causándole, y en consecuencia, a la gente del vagón.
- No se preocupe, soy bastante más tolerante que mis hermanos.
Yo no sabía qué hacía en medio de la conversación, así que opté por volver a cerrar los ojos y escuchar a oscuras.
- Vaya, eso es un alivio, y un alivio muy raro, por cierto. No me he presentado, mi nombre es Danta.
- Un placer conocerla, Danta, mi nombre es Nethan. Siento yo sentir aversión natural hacia usted aun sin conocerla.
- Tranquilo, está bien -sonrió la chica vegetal-. Una ya se acostumbra a estas situaciones. Si no es mucha intromisión preguntar, ¿qué especialidad tiene usted?
- Dominio astral, hago portales.
- ¡Vaya! Es usted el primer portaloide que conozco. Normalmente todos quieren controlar mentes.
- Es cierto, pero no es mi caso. ¿Y usted, cuál es su especialización?
- Dominio de las plantas.
- Tiene que ser entonces bastante complicado viajar cuando no puede sentir absolutamente a nadie o nada.
- No tiene por qué -sonrió pícara la chica, y escuché entonces cómo abría una cremallera, tendiéndole algo a Nethan. Él no se movió, así que no estoy segura de si lo llegó a coger o no, pero asintió, al parecer algo sorprendido.
- Claro. Es muy cómodo.
- Lo es, y muy fácil de transportar.
- Tenga cuidado, sabe usted bien que no podemos utilizar la Magia fuera de los campos permitidos.
- Lo entiendo... -musitó, algo triste.
La conversación continuó sin muchas más interrupciones, durante la cual me enteré de que ambos iban exactamente al mismo lugar, pues habían sido citados allí por cierta maga importante, las razones que cada uno dio al elegir la rama mágica que eligieron y las opiniones que tenían sobre los magos animales, entre muchas otras cosas. Cuando llegó nuestra parada, Danta le dio a la madre del bebé unas semillas blancas y pequeñas como un garbanzo, llamadas Lylio. Según le explicó, de ellas brotarían unas plantas de hojas diminutas, las cuales debería moler y añadir a la comida del niño para evitar que tuviera pesadillas por las noches. Añadió que en realidad esa hierba se fumaba por ciertas personas enfermas para no soñar nada y descansar mejor por la noche, y que si necesitaba más encontraría en cualquier herbolario. La madre le dio varias veces las gracias mientras bajábamos del tren. Comenzó entonces nuestra despedida.
- Un placer haberla conocido, señora. Sentimos haberla molestado.
- No se preocupe, señor Nethan. Ha sido un viaje bastante acogedor, ustedes dos se llevan bastante bien.
- Bueno, eso parece -sonrió la muchacha-, pase un buen día.
- Igualmente, muchachos. Que tengáis suerte en vuestra reunión.
Se despidieron de mí con una sonrisa y un leve movimiento de mano y se acercaron a uno de los taxis que esperaban clientes en la puerta de la estación, y yo marché por el otro lado, con una extraña sensación en el pecho, como de saber que no sería la última vez que los iba a ver, juntos además.



martes, 2 de diciembre de 2014

#33

Hoy estoy triste. La noche me envuelve impidiéndome verte. El anhelo sigue ahí, incluso cuando ya te has ido.

Hoy estoy triste, y por repetirlo no dejaré de estarlo. Sin embargo, con quien me puedo ahogar son únicamente este bolígrafo duro y el papel que sufre su tinta.
No hay más palabras porque yo no quiero escribirlas.
Como dijo Neruda, "el viento de la noche gira en el cielo y canta". No sé qué cantará, pero la vela aún llora cera sobre el vaso que la sujeta.
Sé que este texto no tiene ni pies ni cabeza, que solo es una oscuridad abierta y sangrante, una luna roja y herida, pero...

... Hoy estoy triste. No pensaba decírselo a nadie, y por eso aún no he abierto la boca. Odio molestar a las personas con mi propia existencia, a pesar de que ahora mismo me siento muy sola, quiero un abrazo y quiero palabras. Me da igual cuáles, solo quiero que alguien me cuente una historia y me oprima contra su pecho.



Sin embargo, los humanos somos así. Y nadie va a aparecer aquí solamente para sacarme una sonrisa. Esta noche nadie hará magia para mí. Esta noche, moriré sola.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

#32

La verdad es que me encantaría decirte que no necesito a nadie, que vivo bien sola, que me he acostumbrado a este corazón helado y que saco de ahí, gota a gota, mi felicidad, pero la verdad... No puedo. Prometí que nunca te mentiría, y no puedo.

Me encantaría pedirte que te fueras, me encantaría abrir la puerta y echarte, puesto que compartir nunca ha sido realmente lo mío, pero... No puedo.

Igualmente, me encantaría borrarte y no recordarte, no haberte visto nunca. Así, este puñado de sentimientos revueltos llamados "dinosaurios hambrientos en el estómago" no existiría y no estaría acechándome aquí y ahora, en este momento, o en esos cinco minutos antes de verte y en los cinco de después, cuando ya te he perdido de vista. Cuando me rozas o cuando simplemente sonríes, pero... No puedo.

Me encantaría desencadenarme de mi condición de ser humano y romper con las reglas, convertirme en un gólem de hielo, matar esos dinosaurios, echarte y cerrar la puerta, olvidarte.

Pero mírame.

Mírame.
Ya es demasiado tarde.
Ya no puedo.



Escrito el 14/10/2014.




Audio disponible:


jueves, 9 de octubre de 2014

Orianna V

Suspiró. No podía creérselo aún, pero tenía que lidiar con ello y cuanto antes lo hiciera, mejor. Abrió los ojos en la oscuridad y murmuró:
- Orianna, despierta, por favor.
Inmediatamente, los ojos del robot brillaron pálidos desde su esquina. Lane suspiró y entrecerró los suyos, más tranquila.
- ¿Lane? ¿Qué ha pasado?
- Nada, nada realmente. ¿Me cuentas una historia?
- Internet está apagado, no puedo acceder a ninguna base de datos externa para contarte algo nuevo.
- ¿Puedes ir a encenderlo?
- Claro.
Entonces Orianna se levantó y comenzó a caminar ruidosamente como hacía siempre, moviendo sus centenares de de cadenas y ruedas dentadas hasta formar movimientos mecánicamente perfectos.
- Vale, no, déjalo -suspiró Lane-. Ahora, en el silencio de la noche, haces demasiado ruido y vas a despertar a papá. Siéntate, anda.
El robot obedeció sin vacilar.
- ¿Recuerdas cuando me tropecé por la calle el otro día y caí justo en el charco de barro? -preguntó la muchacha, tapándose con la manta hasta los hombros para terminar hecha una bola y reservar el calor.
- Sí, claro. Fue el jueves pasado, día 4 de marzo. Tus zapatillas no soportaron el bajo coeficiente de rozamiento del suelo mojado y te precipitaste contra el suelo, encima de un charco marrón. Tu falda de cuadros se mojó totalmente y tuviste que lavarla a mano cuando llegaste a casa con ese jabón que te gusta tanto, que dices que huele a lavanda. Y te sollaste el codo, fue cuando te ayudé a incorporarte. ¿Todavía te duele?
Lane había abierto los ojos completamente durante el relato del robot, y cuando terminó los cerró lentamente, pensativa.
- No, ya no me duele -murmuró.
- Me alegro mucho -Lane notó la sonrisa de Orianna, aunque realmente no podía sonreír porque carecía de músculos, pero el tono de su voz lo indicaba dulcemente.
- Oye, ¿en qué calle estábamos?
- En la Street Longway, entre los números 7 y 9.
- ¿Y qué tiempo hacía?
- El sol brillaba mucho en todo lo alto, serían las cinco y media de la tarde. Había alguna nube que otra, pero nada que pudiera ennegrecer el cielo.
- Comprendo... -respondió, con un nudo en la garganta- ¿y la temperatura?
- No lo sé. La verdad es que no la miré -movió la cabeza-. No ibas abrigada así que supongo que sería agradable.
A cada pregunta que Orianna respondía, Lane confirmaba lo que llevaba pensando desde hacía un buen rato, una y otra vez. Cada día intentaba incansablemente hacer de Orianna poco a poco más un ser humano que un robot, una amiga de verdad. Hablaba con ella de cosas cotidianas, le enseñó a reír, a preocuparse por las cosas, a respetar costumbres ajenas, lo que se consideraba que estaba bien y lo que estaba mal, a tener opinión sobre los hechos que se les iban presentando y a aprender, sobre todo, que no tiene por qué coincidir con la opinión de nadie. Que los conflictos no siempre son malos, sino que en estos casos, de hecho, marcan la diferencia entre una persona y otra... Pero se dio cuenta de que todo lo que le iba enseñando ella no lo aprendía, solo lo almacenaba en la memoria. Solo eran datos. Unos y ceros. Variables y líneas de código.
- Orianna, ¿qué es "recordar" para ti? -preguntó finalmente, triste.
- Re... Cor... Dar... ¿Para mí? Recordar es... Recuperar datos de mi memoria interna que normalmente no uso y dejo apartados, y accedo a ellos cuando los necesito para algo.
Lane reflexionó la respuesta.
¿No era prácticamente igual que recordar para los seres humanos?

martes, 7 de octubre de 2014

#31

Es idílico...
Tú te acercas y me recoges en tus brazos. En esa mano que acaricia mi espalda guardas mi alma loca, que suelta abarca siempre cada rincón de la Tierra como un gas expandido en el aire, y tú no la dejas escapar... 
Porque ahí está, respirando suavemente como la luna respira el manto de estrellas del cielo nocturno. Y cambia de color a cada latido de tu pecho, colores vivos que se expandirán de nuevo por el universo a la velocidad de la luz cuando me sueltes.
Y mientras, mi mente reposada descansa en tu hombro. Todo pensamiento es nulo, no permitido, no existe. No hay cabida en este mundo compartido para un pensamiento, puesto que todo es tuyo en este momento.
Sujetas mi infinito con un simple abrazo. 
No falta nada, todo está aquí, guardado entre tu pecho y el mío.