Fue todo muy rápido. ¡Lo éramos tanto, en todo! Con qué facilidad me enamoré de ti, de tus brazos y tus manos, de tu desorientado corazón.
Fuiste tan rápido al recogerme del regazo de la soledad, ¡y fue tan rápida mi reacción! Apoyé mi mejilla sobre tu pecho y bebí de sus latidos. Día a día, cálidamente, tus manos recogían las mías, tus labios rodeaban mis mejillas y tus abrazos besaban mi corazón.
Con qué rapidez se aprendió la luna tu nombre, qué rápido decidimos amarnos el uno al otro ante su tímida mirada.
Fue tan increíble, que fíjate, llegué a pensar que solo tú podrías seguir enseñándome a aliviar el sufrimiento que supone vivir.
Pasó el tiempo con tal velocidad que parecía un haz de luz entrando en una habitación. ¡Fuiste tan rápido en prometerme el mundo entero!, con qué rapidez te echaba de menos... ¡Con qué rapidez venías a buscarme! Mis manos eran las más veloces en palparte en la oscuridad, soledad y frío de las sábanas.
Qué rápido me devolviste a la vida, me recordaste a qué olía el amor, ¡las mil risas que devolviste a mi rostro!
Sin embargo, qué rápido dijiste adiós aquella mañana, qué rápido se paró mi pecho. Con qué velocidad se esfumó mi recién reconstruida confianza... Como si en vez de cemento hubiese intentado pegar los ladrillos con los suspiros que dejaste pasar.
Qué rápido se derrumbó todo mi mundo, en ¿qué fueron, tres segundos?
Y qué rápido te has curado.
Con qué velocidad has encontrado otro camino, otra persona, otro corazón al que murmurar versos por la noche.
Y qué lento se ha pasado todo este tiempo sin ti, amigo mío, con qué lentitud desperté y abrí los ojos y qué rápidamente se me empañaron de lágrimas de impotencia.
¡Qué rápido entonces me di cuenta de tu gran mentira!
¡Qué lento latía mi corazón, arropado por ti!
¡Qué rápido cambiaste, y fui tan lenta que ni lo advertí!
Y con vagueza la rabia y la frustración llamaron a mi puerta. Me levanté despacio del sillón pero no abrí. Qué más daría, si se fue cubriendo de hielo tu corazón tan lentamente que no terminaba de sentir tu frío.
Culpa mía fue.
Qué despacio viaja el tiempo cuando estás rota, el caracol que nunca avanza, la esperanza de vida de un cadáver.
La lentitud de los latidos de un pecho roto en pedazos tantas veces que ni se podrían contar.
¡Y fue mía la culpa, solo mía! ¡Lo sé!
Y ahora saco el cascarón que cubría mi corazón, lo guardo en una caja y vuelvo lentamente a mi pequeño mundo interior.
Y ahora, bajo las sosegadas miradas de los necios, me pregunto:
"Se rompen tan fácilmente... ¿Qué hay que hacer para arreglarlos?"
De un ser diminuto que pasó por tu bosque:
ResponderEliminarCada persona es un mundo. Tiene distintas formas de sentir, de experimentar, de actuar. Y sin embargo, parece que al final todos caemos en los mismos errores. Será que nos creemos especiales cuando en el fondo todos somos la misma materia y compartimos la misma esencia. Y es que me siento muy identificada con lo que aquí escribes.
¿Por qué él hizo lo que hizo? ¿Por qué yo sigo haciendo lo que sé que no debo hacer y pensando en lo que no debo pensar? ¿Y por qué necesitaremos intentar entender cosas que son incomprensibles...con el daño que eso nos hace? Hay cosas que escapan a nuestro control, pero parece que ni siquiera somos capaces de gobernar sobre nosotros mismos. A veces solo nos queda resignarnos, enfadarnos, renegar, cerrar nuestro corazón, culpabilizarnos... Cada uno aplica su estrategia, siendo la menos mala la que nos causa el menor dolor. Pobre esperanza.
Ójala fuese distinto, pero yo aún no he encontrado solución. Supongo que la vida tiene muchas caras, y tarde o temprano nos toca ir descubriendo todas. Espero que, aunque el tiempo pase lento, tú encuentres tu solución.
Vaya... Me has dejado literalmente sin palabras. Cuando he visto tu comentario, lo único que he podido articular ha sido "oh... wow."
EliminarTienes toda la razón del mundo. ¿Por qué seguimos martirizándonos, si no hay solución posible?
Todo lo malo que nos pasa en la vida nos deprime, nos aleja y nos encierra en nosotros mismos; sin embargo las cosas buenas tendemos a apartarlas como normales. Es normal vivir feliz, pero no es normal vivir triste.
Y eso no tendría que ser así.
La vida tiene sus más y sus menos, y eso es lo que la compone. Si no, estaríamos viviendo en una espiral descontrolada de fracaso, o en el país de las piruletas.
Y no lo es.
Algún día, sí, hallaré mi paz... Respecto a este problema. Habrá más. Y también hay cosas buenas que marcan mi día a día, las cuales pasan de vez en cuando por mi cerebro, en vez de quedarse a vivir como los malos recuerdos.